domingo 13 de junio del 2004 Columnistas

Testimonio de un pandillero

A veces dentro de una ciudad conviven otras ciudades. Son ciudades paralelas, turbias, fantasmales. Ciudades que se mueven con otros ritmos, otros códigos, otros lenguajes. Ciudades cuyo reino es la noche y de las que los individuos comunes y corrientes, aquellos que cumplen su ciclo cotidiano, ni siquiera sospechan. La ciudad del crimen, de la prostitución o del hampa. La ciudad de los parias, la ciudad de la droga, la ciudad de los muchachos de la calle.

Conocí a un joven de 17 años que quiso abandonar esa ciudad en la que estaba sumido desde los 14 y cuyo testimonio hoy transcribo como una forma de sensibilizar al lector sobre un gravísimo problema social que vivimos al pie de nuestras vidas: las pandillas.

“Me llamo Pepe aunque me decían Punzón, no mi papá, sino los bro-thers, porque yo con cualquier punta atornillaba. Buena arma era, peor que un puñal.

“No siempre fui así. Me sentía solo. Es que como mi papá y mi mamá discutían siempre, yo me salía a las calles. Allí nadie me gritaba y aprendía cosas. Luego mi mamá se fue a España, la ilusión que tenía la pobre. Nos iba a mandar a ver a todos, a mí y a mis cuatro hermanitas. Yo la fui a despedir al aeropuerto y cuando se fue pensé: aquí se jodió todo. Cuando mi papá se quedó solo, se puso peor, comenzó a castigarnos y yo mejor me soplaba. Estaba todo el tiempo en la calle y allí es que conocí a la man. A la man por la que me engrupí. Esa man me presentó a los Ñeta y con ellos comencé a fumar mariguana y luego la base. Me gustaban los Ñetas por avezados, además no me sentía solo y como que tenía poder. La primera vez que robé en un bus, temblaba, sentía miedo aunque me había paqueteado, pero me empezó a gustar ver el miedo en los ojos de la gente.
Con un arma uno se siente importante, lo respetan a uno, aunque seas flaco y bajito, te impones, eres bien macho. Los Ñetas me tatuaron, aquí en el brazo derecho, y esta señal que usted ve en la mano es la quemadura de tres cigarrillos que me impusieron cuando entré al grupo. Cuando uno entra tiene que arrodillarse en arena caliente mientras reza la oración del Justo Juez y en un brazo te van haciendo el tatuaje y en la espalda te dan de latigazos. Y, ay de si te quieres salir, de castigo te pueden cortar un dedo o matarte. Aunque usted no crea hay bastantes chicos de colegios en las pandillas, en la mañana son niños buenos y en las noches no los soportan ni sus madres.

“Cuando yo entré en los Ñetas y comencé a fumar volví a la casa de mi padre, pero para robarle. Me puse tan insoportable que hasta mi padre huyó de mí. Y mi abuelita que tanto me quería también, es que igual le robé a ella. Una vez me agarraron, me mandaron a la correccional pero me fugué. Luego, para protegernos, andábamos en grupo y hacíamos cosas que me da vergüenza contarle.

“Luego me empecé a sentir mal. Veía a un chico con libros y pensaba: así debería estar yo. Cuando veía a una familia, pensaba en la mía, en mi mamá. Y entonces me sentía peor. Es que yo sí había tenido casa y hermanos. Una vez escuché decir que los jóvenes éramos el futuro de la patria. ¡Qué futuro podrido soy yo!, pensé. Y ahí es que me escapé lo más lejos de los Ñeta que dominan todo el norte de la ciudad, y que me aceptaron en este lugar en el que espero, si es la voluntad de Dios, recuperarme”.

El joven calló. A lo lejos un grupo terapéutico coreaba la Oración de la Serenidad.

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