Domingo 23 de mayo del 2004 El Alquimista

Mi Funeral

El periodista del Mail on Sunday se presenta en mi hotel de Londres con una pregunta muy simple: si yo muriese hoy, ¿cómo sería mi funeral? La verdad es que la idea de la muerte no ha dejado de acompañarme ni un solo día desde 1986, cuando hice el Camino de Santiago.

Hasta aquel momento, la idea de que todo pudiera acabar un día me resultaba aterradora. Pero en una de las etapas de la peregrinación, hice un ejercicio que consistía en experimentar la sensación de ser enterrado vivo.

El ejercicio fue tan intenso que me hizo perder por completo el miedo, y pasar a encarar la muerte como una gran compañera de viaje, que está siempre sentada a mi lado, diciendo: “voy a alcanzarte, y tú no sabes cuándo; pero no dejes nunca de vivir la vida de la forma más intensa posible”.

Por ello, jamás dejo para mañana lo que puedo vivir hoy, y eso incluye alegrías, obligaciones hacia mi trabajo, pedir perdón cuando siento que he hecho daño a alguien, la contemplación del momento presente como si fuera el último.

Recuerdo muchas ocasiones en que he percibido el olor de la muerte: un lejano día de 1974, en el Aterro do Flamengo (Río de Janeiro), cuando el taxi en el que viajaba se vio encerrado por otro vehículo, del que saltó un grupo de paramilitares armados que me rodearon y encapucharon. Pese a asegurarme que no me iba a pasar nada, yo tuve la certeza de que me iba a convertir en uno de los desaparecidos del régimen militar.

O cuando, en agosto de 1989, me perdí durante una escalada en los Pirineos: miré los picos sin nieve y sin vegetación, vi que no tenía fuerzas para volver, y llegué a la conclusión de que hasta el verano siguiente no encontrarían mi cuerpo. Finalmente, después de vagar durante muchas horas, encontré un sendero que me llevó hasta una aldea perdida.

El periodista del Mail on Sunday insiste: ¿pero cómo sería mi funeral? Pues de acuerdo con mi testamento no habrá funeral: he decidido que me incineren, y mi mujer se encargará de esparcir mis cenizas en un lugar llamado O Cebreiro, en España, donde encontré mi espada.

Mis manuscritos inéditos no podrán ser publicados (me da miedo el número de “obras póstumas” o “baúles de textos” que los herederos de artistas, sin ningún escrúpulo, deciden publicar para ganar dinero; si los mismos artistas no lo hicieron cuando estaban vivos, ¿por qué no respetar esta intimidad?).

La espada que encontré en el Camino de Santiago será lanzada al mar, para volver al lugar de donde vino. Y mi dinero, junto con los derechos de autor que seguirán en vigor durante cincuenta años, se destinarán íntegramente a la fundación que creé.

“¿Y su epitafio?”, insiste el periodista. Hombre, pues si me van a incinerar, no tendré esa famosa piedra con una inscripción, ya que las cenizas se las llevará el viento.

Pero si tuviese que escoger una frase, pediría que grabaran: “murió mientras vivía”.

Puede parecer un contrasentido, pero conozco a muchas personas que, aunque continúen trabajando, comiendo, y celebrando sus actividades sociales de siempre, hace ya tiempo que dejaron de vivir.

Hacen todo de manera automática, sin comprender el momento mágico que cada día trae consigo, sin pararse a pensar en el milagro de la vida, sin entender que el siguiente minuto puede ser el último en la faz de la Tierra.

El periodista se despide, me siento al ordenador y decido escribir esta columna. Sé que a nadie le gusta pensar sobre este tema, pero tengo una obligación hacia mis lectores: hacer que reflexionen sobre las cosas importantes de la existencia.

Y la muerte es tal vez la más importante de todas: caminamos en dirección a ella, no sabemos cuándo nos tocará, pero tenemos el deber de mirar a nuestro alrededor, dar las gracias por cada minuto, y darle las gracias a ella por hacernos pensar en la importancia de cada actitud que tomamos o dejamos de tomar.

Y a partir de ahí, dejar de hacer aquello que nos mantiene como “muertos en vida”, y apostarlo todo, arriesgarlo todo, por las cuestiones que siempre soñamos realizar. Nos guste o no, el ángel de la muerte nos está esperando.

 

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