Domingo 16 de mayo del 2004 El Alquimista

Dios y el Humor

Tres mujeres y sus hijos
Tres mujeres hablan sobre las bondades de sus hijos. Dice la primera:

-Estoy contenta de que se haya dedicado al sacerdocio: cada vez que entra en una sala, la gente lo mira con respeto y dice: “¡Padre!”.

Los ojos de la segunda brillan, y comenta:

-Pues yo estoy más contenta todavía; mi hijo no solo se ha dedicado al sacerdocio, sino que hasta lo han nombrado cardenal. Así, cuando entra en una sala, la gente baja respetuosamente la cabeza, le besa la mano y dice: “¡Su Eminencia!”.

La tercera mujer permanece en silencio. Las otras dos se giran hacia ella y le preguntan:

-¿Y tu hijo?

-Bueno, mi hijo... mide un metro ochenta, es rubio, tiene ojos azules. Cada vez que entra en una sala, la gente se mira y dice: “¡Dios mío!”.

El taxista y el padre
Cuando el padre murió, fue directo al Paraíso. Al llegar allí, fue bien recibido por San Pedro. Paseando por los jardines, de repente se dio cuenta de que un taxista de su parroquia, que había fallecido algunos años antes en un accidente de coche porque conducía muy mal, ocupaba una esfera más alta en la jerarquía celeste.

-No lo entiendo -se quejó el padre a San Pedro-. Dediqué mi vida entera a mi congregación, ¡y ese hombre no hizo nada para merecer estar aquí!

-Bueno, aquí en el cielo siempre damos importancia a los resultados. Contéstame a una cosa: ¿la gente estaba siempre atenta a lo que decías?

-La verdad, debo confesar que no siempre conseguía expresar de forma clara la importancia de la fe. A veces veía que mis parroquianos se dormían durante los sermones.

-Pues ahora entiendes por qué este taxista tiene tantos privilegios aquí. Cuando la gente se subía a su taxi, hasta los ateos se convertían: la gente, no solo permanecía despierta todo el rato, sino que no paraban de rezar.

Mantener la palabra dada
Dos hermanos, de pésimo carácter, acostumbraban a explotar a los trabajadores de su aldea. Pero, para mantener las apariencias, frecuentaban la iglesia los domingos.

El antiguo pastor decidió jubilarse, y enviaron a otro a ocupar su lugar, un hombre joven, con fama de decir siempre la verdad, y poseedor de un inmenso carisma. Lleno de entusiasmo, este pastor decidió emprender una serie de reformas en el templo. Cuando comenzó la colecta de donaciones entre los fieles, uno de los malvados hermanos murió.

En la víspera del entierro, el otro hermano buscó al pastor y le entregó un cheque por valor de la cantidad necesaria para terminar las obras que estaban realizando.

-Pero hay una condición -dijo-. Mañana, llegado el momento de encomendar el cuerpo, deberá decir que mi hermano fue un verdadero santo. Sé que usted jamás falta a la palabra dada.

El pastor prometió hacer lo que le pedía, aceptó el cheque y lo cobró.

Al día siguiente, cumplió su palabra:

-Este hombre fue una mala persona -dijo durante la ceremonia-. Explotaba a los más pobres, prestaba dinero con intereses draconianos, engañaba a su esposa, y abusaba de los más débiles.

Tras una pausa, concluyó:

– Sin embargo, comparado con su hermano, que todavía está entre nosotros, el muerto fue un verdadero santo.

El Alquimista

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