Domingo 09 de mayo del 2004 Absurdos cotidianos

Prisiones Personales

Esa mañana, al despertar, se percató de que tenía miedo. Se percató de que el miedo no era abstracto ni etéreo. Que tenía un peso, una densidad, una forma.

Pensó cerrar los ojos  e intentar dormir algo más. Pensó que eso lo relajaría y, quizás, al despertar de nuevo ya no tendría encima aquel peso casi insoportable que había empezado a sentir.

Pero aquella propuesta era una ingenuidad. Y él lo sabía. El miedo estaba demasiado cerca, demasiado vivo, demasiado macizo. Y era imposible ignorarlo.

Se sentó sobre el borde de la cama. Miró en dirección a la ventana. El color del cielo y la cantidad de nubes parecían pintar el paisaje como una película en blanco y negro.

Todavía sentado sobre la cama, escuchó pasar un camión, carrasposo y pesado. Una voz de mujer, monótona y ahuecada, saludó al guardia de la esquina. Un perro ladró a lo lejos con cierta desesperación.

Inmediatamente comprendió que esa mañana tendría que arrastrar el peso del miedo. Que tendría que enfrentarlo. Que tendría que mirarlo a los ojos sin bajar la vista.

Trazó planes y urdió estrategias mientras el agua de la ducha caía intensa, firme y tibia sobre su cuerpo desnudo.

Tuvo tiempo. Porque había despertado temprano y porque cada elemento de la rutina matinal (afeitarse, bañarse, ponerse desodorante, cepillarse los dientes, buscar la ropa adecuada) se volvió tan pesado como el miedo, tan lento y doloroso como la idea de dejarlo todo ahí, de romper la circularidad, de salir de esa cárcel que él mismo había construido.

Pero cada barra de esa prisión tenía un nombre, un sentido, un valor, un principio. Una barra de la reja simbolizaba las obligaciones, otra las responsabilidades, otra los sacrificios, otra los renunciamientos, otra la vocación, otra el amor, otra los ideales, otra la necesidad, otra el futuro, otra la familia, otra el país.

Pensó entonces que se volvían inútiles todos los planes y estrategias que había configurado bajo la ducha. 

Estaba encerrado. Estaba preso. Era reo y rehén, simultáneamente, de sus propios ideales, de su manera particular de ver el mundo, de sus sueños de transformar las cosas desde su trinchera (discurso militante que hacía tiempo había perdido sentido, que se había vaciado de contenido a lo largo de una incesante comprobación de que casi nadie era coherente entre el discurso y los hechos, entre las palabras y las acciones).

Amaba la vida y, sin embargo, sentía miedo. O, al revés, precisamente sentía miedo porque amaba la vida y temía perderla en aquella circularidad, en aquella certidumbre de que nada nuevo podría venir, nada asombroso, nada conmovedor, nada que lo estremezca o lo seduzca, o lo obligue a escapar.

Tenía miedo de que una fuerza superior, extraña, injusta, inequitativa, lo hubiera condenado para siempre a ese encierro. Pero sabía que no era real culpar a factores externos, porque lo había hecho él mismo. Él mismo, con paciencia y meticulosidad, había construido una prisión demasiado sólida, demasiado firme, demasiado fuerte, quizás inexpugnable.

Dejó sobre la cómoda la ropa que había escogido para esa mañana. Volvió a sentarse al borde de la cama. Atrás de la ventana, los tintes blanquinegros del cielo se habían acentuado.

Lentamente, como queriendo disimular para sí mismo, se acostó en posición fetal, puso un dedo sobre la boca, dejó escapar una lágrima. Descubrió entonces que no era el peso del miedo el que conspiraba contra su energía y vitalidad. Eran el grosor y la fortaleza de cada una de las barras de su cárcel personal.

Absurdos cotidianos

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