Para ella la fe tenía un nombre: el azar. Creer en el azar era su mayor debilidad, pero también su mayor fortaleza: pese a que durante veinte años no había ganado nada, no dejaba de pensar que algún momento ocurriría algo fortuito, sorprendente, extraordinario: el cambio decisivo en su vida.
Había en sus deseos ciertas contradicciones. Solía decir que a sus sesenta años ya no ambicionaba un golpe de fortuna por ganar dinero sino porque Dios, la vida o quien controlara su destino debían premiar su constancia, su tenacidad, su persistencia.
Durante más de treinta años no hubo una semana en la que dejara de comprar la lotería y el loto. Que acudiera a un bingo. Que visitara casi en forma clandestina un casino. Que aceptara comprar boletos y canjear cupones para todo tipo de concursos, rifas, sorteos, promociones.
Jamás logró premio alguno y, sin embargo, siempre se negó a confesar que tenía mala suerte. Cada derrota, cada noticia en la que se enteraba que no había ganado eran solo un nuevo episodio de renovación de su esperanza. Solía reír cuando alguien le sugería que hiciera cuentas de todo lo que había gastado en cazar la fortuna. Le decían que quizás habría tenido una vejez mejor protegida si ahorraba ese dinero.
Ellos no entendían. Ellos no habían sentido la intensa emoción de vivir pendiente de la incertidumbre, de la duda. Ellos no habían sentido el vértigo de pararse en la mitad de la frontera entre las monotonías terrenales y las utopías más descabelladas. Ellos eran demasiado prácticos, escépticos, racionales, fríos, concretos. Ellos se jactaban de no ser ilusos, ingenuos. Ellos jamás podrían comprenderla.
Por eso fue que en algún momento de sus últimos años optó por la soledad definitiva. Sin marido ni hijos a los cuales cuidar, sintió la necesidad de no rendir cuentas a nadie: el dinero de su jubilación, que gastaba en su camino hacia el encuentro con el azar, era fruto de sus años de trabajo, de esfuerzo, de muchos renunciamientos y sacrificios. Era, en definitiva, su manera de ir acercándose a ser consecuente con su filosofía de la casualidad, de lo inesperado, de lo sorprendente.
Su secreto era no ilusionarse cada vez que compraba un boleto, un cupón o un fragmento de lotería. Algo difícil de entender para los demás, pero no para ella: hacía mucho tiempo que aprendió a perder, a no llorar, a neutralizar el dolor y la pena, a minimizar la frustración, el abandono, el olvido.
Fueron demasiadas derrotas acumuladas. Fueron demasiados sueños interrumpidos, todo porque esos dolores y esas lágrimas dependían de la voluntad de otro, de un alguien que decía quererla o amarla o ser solidario pero que, a la larga, era un desconocido, un ser ajeno. Con el azar era otra cosa. Era un desafío único, personal. Era una lucha de ella contra ella. Era un combate decisivo entre la cadena perpetua y la posibilidad de burlar esa condena.
Pedía a Dios que la ayudara aunque pensaba que quizás eso era un sacrilegio y había que apostar sola. Pero su petición a la divinidad era solo una parte del juego: mucho dependía de la sangre, de la pasión, del fuego, del volcán, de la inmensa carga de vida que ella volcaba cada vez que el azar la envolvía en sus mecanismos de expectativa, ansiedad y suspenso.
Una mañana, a las once, la vecina de al lado descubrió el cadáver. El médico forense, sorprendido por la sonrisa que bañaba de luz el pálido rostro, determinó que había muerto doce o trece horas antes, más o menos al momento en que los noticiarios de televisión suelen informar el número ganador de la lotería.