Domingo 18 de abril del 2004 Absurdos cotidianos

Prisiones Cronométricas

Cuando entró a la relojería sintió el impulso de no hacerlo. Dudó, pero  era tarde para arrepentirse.  Pudo más la sonrisa de Verónica (el nombre y el apellido estaban bordados sobre la pechera de su uniforme). Ella le preguntó qué se le ofrecía. En qué podía servirlo.

Del bolsillo izquierdo del pantalón él extrajo su reloj. Miró la hora, por penúltima vez. Explicó que esta mañana tuvo un pequeño percance y que se quedó sin la manilla. Verónica averiguó cómo ocurrió. Preguntó, extrañada, cómo era posible que el reloj estuviera intacto y la muñequera metálica, rota.

Él dijo que no recordaba, que no tenía una idea clara, pero lo que en realidad estaba pensando era que la situación empezaba a parecerse a un incómodo interrogatorio policial.

Verónica no perdió la sonrisa. Lo miró con un dejo de compasión. Pidió que le dejara ver el reloj, aunque su gesto parecía dirigirse a la respuesta que él no quería escuchar: no contamos con ese tipo de pulsera. La marca que usted tiene está descontinuada en el mercado.

Efectivamente, esa fue la respuesta de Verónica.  Él dijo gracias, pero no salió del lugar inmediatamente. Como si sintiera vergüenza de su gestión fracasada, dio uno, dos pasos y recorrió lentamente por  los escaparates.

Vio relojes tradicionales. Contemporáneos. Deportivos. Formales. De colores. Digitales. Clásicos. Sintió el deseo de poseerlos. O, mejor, de dejar que lo poseyeran, que lo encerraran, que lo encarcelaran para siempre entre sus manecillas, números y lunas.

Amable, pero impositiva y persistente, resurgió la voz de Verónica. Preguntó si le interesaba comprar alguno. Él se sorprendió. Se ruborizó. No, gracias, solo miraba, dijo. Ella planteó la alternativa de que dejara el reloj en el local. Tomaría contacto con algunos relojeros y vería la posibilidad de que se pudiese adaptar una manilla de otra marca. Él, triste y confundido, aceptó. Antes de entregarlo, miró la hora de nuevo.

Con un remordimiento inexplicable salió de la relojería. Miró la muñeca de la mano izquierda y tomó conciencia de que en seis años era la primera vez que no llevaba reloj. Subió a la cafetería del centro comercial, escogió una mesa, tomó una silla.

Pidió un capuchino y un vaso de agua mineral, con gas y sin hielo. Era la combinación justa para acompañar la lectura del libro que llevaba consigo.
El texto lo sedujo con tanta fuerza que no paró de leerlo. Tan solo levantó la vista para comprobar que la taza y el vaso estaban vacíos. Pidió otro capuchino, otro vaso con agua mineral, con gas y sin hielo.

Cuando terminó el libro miró a su alrededor. La noche había llegado.  Recordó que a las ocho tenía planeado ir al cine. Que antes, a las seis, debía ir a un local de teléfonos celulares para preguntar por el precio del servicio. Que a las siete debía tomar las pastillas. Que a las diez en punto debía hacer una llamada. Que mañana tendría que despertarse a las seis. Que antes de las seis y media debía terminar sus ejercicios y su caminata diaria. Que a las ocho en punto lo esperaban en la oficina.

De nuevo se percató de que no llevaba reloj. Se perturbó. Sintió la urgencia de preguntar la hora  pero, simultáneamente, lo asaltó el recuerdo de Verónica. ¿Podría ella prestarle un reloj, temporalmente, hasta conocer si había una muñequera adaptable al suyo? Pagó la cuenta y rápidamente se dirigió hacia la relojería. En la parte alta de uno de los pasillos del centro comercial observó un reloj gigante. Las manecillas marcaban más de las ocho y media de la noche. Abajo todo estaba cerrado. Incluida la relojería.  Tras un largo momento de angustia y desamparo, lo envolvió una desconocida sensación de libertad.

 

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