Sábado 17 de abril del 2004 Sucesos

Motín de reos causó daños por $ 200.000

QUITO

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QUITO.– Un interno de la Cárcel Nº 3 muestra un tatuaje en su hombro. Ayer fue el segundo día de calma en el paro carcelario, luego de un motín de los reos que duró once días y que dejó como resultado tres personas muertas.

En la revuelta, los amotinados rompieron las paredes del ex penal e ingresaron armados al CDP.

Ventanales, escritorios, sillas, máquinas de escribir y varias computadoras de las seis oficinas ubicadas en el segundo piso de la Cárcel Nº 3 están destruidas y traen a la memoria los momentos de caos y tensión que vivieron las autoridades y aproximadamente 400 internos durante los once días que duró el motín carcelario.

La directora del centro de reclusión, Ana María Verdugo, recuerda el inicio del amotinamiento, el pasado 5 de abril.

Con la voz entrecortada dice que se salvó “de milagro”, de ser retenida por los reclusos. Ese día –afirma– “salimos a las 11h00. Cuando regresé, cerca de las 12h30, un guía salió desesperado y me contó que más de 350 reos se amotinaron tomando como rehenes a cinco de sus compañeros y a la economista Ana Pazmiño”.

Un corpulento hombre de raza negra, de unos 35 años, selló con un soplete una de las rejas que une el pabellón A con el patio central. “Miguel a secas”, como dice llamarse, es uno de los internos que participó en el motín, pero que por buen comportamiento colabora en la reparación del centro y recibirá por ello diez centavos de dólar.

“Siempre se organizan bandas, entre los más malos”, menciona el interno al recordar las grescas entre presos, que dejaron tres muertos en las cárceles de Quito.

Recuerda que la parte más crítica del amotinamiento fue cuando los reos del ex penal García Moreno rompieron las paredes e ingresaron al Centro de Detención Provisional. “Portaban machetes y otras armas blancas (...) saquearon todo, no quedó nada servible”, manifestó.

Sostiene que los rehenes no sufrieron agresiones de los reclusos. “A los cinco guías y a la pagadora se los ubicó en celdas separadas por si entraba la Policía”, añade.

Junto al pabellón D aún se percibe el olor del gas lacrimógeno utilizado en la incursión policial. En la panadería, donde se cavó el túnel para fugarse, permanece un montículo de tierra de casi un metro de alto. Los guías esperan encontrar ahí el cuerpo de uno de los dos reos desaparecidos.

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