Conocer de cerca la realidad indígena. Esa es la posibilidad que se tiene al pie del volcán Quilotoa, donde más que turismo, hay un aprendizaje de vida.
El grito quichua de Petrona Pilataxi es intenso y a la vez inmenso, porque desafía toda la geografía que la rodea. Allí, metida en las entrañas de un volcán, al pie de lo que siglos antes fue lava ardiente y ahora es un lago gélido, pide ayuda, rápida ayuda.
"¡Shugo mula cachi! ¡Shuuuuugo mula cachiiiii!", grita una, dos, tres, cuatro veces. Es un grito que pide que le "¡manden un caballo!" a los que la escuchan, 1.200 metros más arriba, en la comuna Ponce Quilotoa.
El caballo, o la mula, como la llaman los indígenas de la zona, es para un turista que bajó por los senderos del volcán Quilotoa y consiguió uno de los premios de esta zona andina ecuatoriana: descansar al pie del lago de este volcán, cuya última erupción, el 4 de febrero de 1797, formó un espectáculo de agua verdosa en el centro de la elevación.
El Quilotoa es atracción pura, es aventura. Descender a pie por las laderas de un volcán, llenas de barro, llenas de caminitos angostos por donde se cruzan las ovejas que buscan desesperadas la ruta del agua, es tan inquietante como hacer el camino de retorno, el de subida, a lomo de una mula que parece que busca el precipicio, pero que sabe de memoria un camino que recorre día a día con su maldición de bestia de carga.
Pero el Quilotoa, más bien su comuna (Ponce Quilotoa), que vive a partir del turismo que genera su volcán, es mucho más que merodear por unos senderos y hacer turismo de aventura.
Llegar, y dormir aunque sea una noche en Ponce Quilotoa, a casi tres horas de Latacunga en la provincia del Cotopaxi, es adentrarse profundamente en el mundo indígena. Allí, a 3.910 metros de altura, cinco hostales dan una oportunidad que, para muchos europeos y norteamericanos que inundan la zona de junio a septiembre, es mágica.
Tan mágica que hay la posibilidad de dormir en una casa con estructura de adobe, en una cama cuyo colchón descansa en paja y que está en medio de un dormitorio con chimenea y bajo un techo cruzado por troncos de pino y eucalipto.
Pero sobre todo es mágica y única la oportunidad de conocer de cerca ese mundo. De entender, vivencialmente, una realidad que en las ciudades está llena de mitos, de prejuicios salpicados de intolerancias y de burlas. Se puede cocinar en la misma cocina de la casa indígena. O comer de la sazón de la anfitriona.
Recorrer y ver cómo los cuyes, desde los pequeñines hasta los que están listos y rechonchos para ser sacrificados, revolotean por el pequeño espacio cercano a la refrigeradora.
Se puede entender mejor las carencias, la dureza del campo, la imposible brillantez de la ropa en medio de un clima helado que lo moja todo, que lo enloda todo. Se puede entender ese español remordido porque no es su lengua materna. También se puede percibir la ingenuidad total de unos niños que no conocen de videojuegos, de chips y de centros comerciales, y que se sorprenden con esos ojos inmensos y esas caritas chapudas con sólo dar un pequeño paseo en auto.
Y se aprende de gente como José Guamangate. Él, con su hostal The Sunrise, es uno de los comuneros que vive del turismo. Y de la pintura. Porque en Ponce Quilotoa, donde viven unas 300 personas, el que no renta cuartos por 3 dólares promedio la noche, o no vive de la agricultura, se dedica a pintar los colores de la Sierra en cualquier superficie de madera, en cuadros pequeñines, en charolas. Son los colores del Quilotoa, de su laguna verdosa, de su neblina envolvente, de los parches serranos invadidos de papas, cebada, mellocos, alverjas o quinua.
Se aprende de su tesón. Porque el capricho de José Guamangate ha llevado a sus cuadritos a Quito, Buenos Aires o Santiago. Son caprichos de gente que quiere mostrarse como es. Personas como Jorge y Humberto Latacunga que también tienen arte en sus manos, que desean perpetuar las tradiciones de pintar máscaras, de llenar de colores las caretas de diablos, perros, monos o tigres, que serán parte de bailes y diversiones de la zona. Que serán las ofrendas del próximo prioste que festejará el nacimiento del niño Jesús el 25 de diciembre.
En Ponce Quilotoa se aprende a raudales, en cada espacio diferente por el que se puede transitar. Una boda de una pareja evangélica reúne a más de 200 personas bajo una carpa para escuchar, la noche previa al matrimonio, canciones, reflexiones, consejos para la futura pareja.
¿Cuál es el regalo que hay que llevar a esta reunión previa? Acá no hay aperturas de cuentas de ahorros en un banco, ni selección de un local comercial donde comprar exclusivamente los regalos. ¿El aporte? Una cubeta con 30 huevos y un paquete de fideos coditos. Eso sí, hay que entregarlo en las manos del anfitrión. Muchas gracias y una sonrisa inmensa. Eso basta.