Domingo 04 de abril del 2004 Absurdos cotidianos

Pecados Fugaces

Media hora antes se habían dicho todo –o casi todo– lo que necesitaban decirse. Y ahora caminaban por el Malecón como hacía tiempo no lo habían hecho. 
Tuvieron la impresión de redescubrir el lugar por sus entornos y sus valores ocultos: la serenidad del río, la noche abierta, los senderos de plantas y flores tropicales, los pasos sosegados.

Estaban contentos. Satisfechos. Sonrientes. Todo parecía confabularse para que el reencuentro fuera redondo. El reencuentro. Las palabras renacidas. Las cosas del otro que tanto extrañaron durante la mutua ausencia. n el primer balance del tiempo que permanecieron separados, se dijeron que no sería necesario precisar dónde comenzó la ruptura. En qué punto se definió el alejamiento. Quién lo originó.

Bromearon que era fácil llamarlo resentimiento, malentendido, rutina, desgaste, confusión, monotonía. Expresiones demasiado dichas, vaciadas de significación. Conceptos inservibles. es gustó la coincidencia de plantear el mismo lugar para encontrarse, aunque tenían ideas divergentes.

El Malecón le parecía a él un punto de partida (allí decidirían tomar un café o un helado en la avenida Nueve de Octubre, o entrar a un cine). A ella le parecía el escenario adecuado (era martes, había llovido por la tarde, el Malecón estaría desolado: ideal para charlar, dejarse llevar por la brisa, envidiar a las parejas que se aman intensamente mientras burlan la norma que prohíbe besarse).

Intentaron hablar con franqueza. Alternadamente mirándose a los ojos y mirando las luces delgadas, intermitentes y mínimas al otro lado del río. Dejándose llevar por el sutil ritmo del agua. Tomándose las manos y separándolas de inmediato como si fuese un error, un gesto inconsciente. Se dijeron muchas cosas. Algunas duras, descarnadas. Otras, tiernas y conmovedoras. Yo sentí esto. A mí me pasó tal cosa. Por eso, al principio, les quedó la sensación, mutua, de que se habían dicho todo –o casi todo–.

Después, mientras caminaron, hubo largos silencios. Solo el rumor del río. Un pájaro extraviado volando ciego entre los árboles. Estaban contentos. Satisfechos. Sonrientes. Les traía paz la sensación de ser los únicos que a esa hora caminaban por el Malecón abrazados a sus propias certezas, asidos a la calma que les devolvió el reencuentro.

Avanzaban en dirección al cerro cuando ella se detuvo. Él caminó un poco más. Sintió o presintió –¿cuál es la diferencia?– que la noche se cerraba. Ella se acercó despacio, mirándolo fijamente, con la sonrisa desdibujada. Le dijo que no estaba segura. Que en realidad no estaba segura de nada. Que se habían dicho casi todo y que, precisamente, el “casi” empezaba a torturarla.

Le dijo que su mayor angustia durante la separación fue no saber por qué lo buscaría. Que nunca pudo definir si la razón de volverlo a encontrar era la necesidad de llenar su soledad o la urgencia de un amor. Que en la ausencia ella había cometido pecados fugaces.

Ese momento él entendió que no se habían dicho todo. Que también ocultó faltas similares. Que la ilusión y la alegría también pueden construirse con mentiras u omisiones. Que el “casi” es, siempre, un agujero de diámetro pequeño pero de profundidades insospechadas.

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