La obra Delirio, de la escritora de 53 años, se adjudicó, el pasado lunes, el Premio Alfaguara de Novela. El jurado de premiación lo presidió el Nobel portugués José Saramago.
El Premio Alfaguara de Novela, entregado el pasado lunes en Madrid a la escritora colombiana Laura Restrepo por su obra Delirio, muestra la vitalidad que ha alcanzado en los últimos años la literatura colombiana, con una nueva generación que se alimenta de la compleja realidad de su país.
Restrepo obtuvo el galardón, de 175.000 dólares, con una novela que narra la locura de una mujer en medio de la violencia colombiana, y que fue escogida entre 635 obras de Iberoamérica, por un jurado encabezado por el premio Nobel de Literatura 1998, el portugués José Saramago.
El premio de Restrepo se suma a una serie de galardones obtenidos por escritores colombianos en los últimos años, en que Enrique Serrano ganó el Juan Rulfo; Álvaro Mutis, el Cervantes; Mario Mendoza, el Biblioteca Breve; Fernando Vallejo, el Rómulo Gallegos y Jorge Franco, el Hammett de Literatura Negra.
De ellos, Serrano, Mendoza y Franco pertenecen a la corriente de lo que se considera un boom de autores jóvenes y en el que están también otros como Efraim Medina, Santiago Gamboa, Héctor Abad o Ricardo Silva, cuyas obras han ingresado al mercado europeo con buen éxito de ventas.
Este auge inevitablemente generó una discusión –ya superada– sobre la influencia o la distancia tomada frente a Gabriel García Márquez, Nobel de Literatura 1982, y máximo referente de las letras en Colombia.
Nuevos caminos
La crítica Luz Mary Giraldo define el proceso actual de la literatura colombiana como “un largo adiós a Macondo”, y señala que se trata de “una literatura más a tono con la complejidad urbana, ausente de todo ruralismo y realismo mágico”.
Pero para llegar a ello se requirió pasar toda una generación, llamada “de ruptura”, que cortara el cordón umbilical con el premio Nobel.
Para el editor literario Gabriel Iriarte, “aunque sería prematuro hablar de un nuevo boom, es claro que Colombia es el país de América Latina en donde es más nítido el proceso de renovación literaria”. Advierte, sin embargo, que “no se trata de un movimiento con características propias y uniformes, sino que, por el contrario, presenta una notable diversidad de estilos y temáticas”.
En eso coincide el escritor Ricardo Silva, quien indica que “no creo que seamos un grupo: no discutimos nada en ninguna parte ni nos prestamos ropa ni nos creemos tan importantes como para ser un grupo. No nos reunimos. Lo bueno de la literatura es que uno la busca porque no pertenece, no encaja”.
Laura Restrepo indica que ser colombiano “no te garantiza ninguna cordura en la lista de características literarias, ni siquiera mínimas pautas comunes que sean de interés, porque en este país cada quien está escribiendo lo que le da la gana, como le canta la pluma”.
Pero sí hay un hilo conductor: el crítico Antonio García señala, por su parte, que “basta con revisar lo que están escribiendo los nuevos escritores para comprender que la violencia se ha colado en las novelas de los últimos años”.
“De alguna manera, la violencia en Colombia ha hecho de la creación artística un reflejo de esa realidad, pero no la ha tratado como un fenómeno regional y aislado sino como un fantasma interior de personajes y entornos generales”, afirma. Es justamente el caso de Delirio, la novela galardonada el pasado lunes con el Alfaguara.
Quien mejor definió la actual situación de la literatura colombiana es Efraim Medina, un escritor irreverente. Recientemente, el New York Times hizo un informe especial sobre la nueva literatura colombiana, indicando que comienza a desaparecer la sombra proyectada por García Márquez, a lo que Medina señaló que “nuestras obras son absolutamente menores a las de García Márquez y otros escritores del boom, pero hemos logrado hacer bulla (ruido)”.