Domingo 11 de enero del 2004 Absurdos cotidianos

Afectos Postergados

Lo pensaba muchísimo, ensayaba lo que diría, corregía el tono, las palabras, la idea. Se prometía a sí mismo ser valiente. Era tímido y eso lo hacía sufrir. A sus veinte años empezaba a angustiarlo la certeza de que esa timidez provocaría que el mundo le negase lo bello, lo tierno, lo grande que él soñaba.

Muchas veces, solo por evitar el posible bochorno, la probable vergüenza, el insoportable rubor en las mejillas, el tartamudeo al hablar, el pánico de enfrentar al público, dejó de hacer cosas que él sabía que podría hacerlas mejor que otros: tocar la guitarra y cantar una canción de moda, levantar la mano en clase y dar una opinión interesante, bailar con una chica, jugar en la selección de fútbol del colegio y la facultad.

Pero esta vez ya no pudo más. Lo había aplazado demasiado y esa noche resolvió hacerlo sin más postergaciones. Le parecía difícil decirlo, demasiado complejo controlar el tono de voz, el ritmo de sus palabras, la precisión de la idea, la emoción que le produciría hacerlo, pero lo necesitaba, era urgente y vital. Caminó en busca de un lugar donde pudiera comprar una tarjeta para llamadas por teléfono público. Pagó los tres dólares por la tarjeta y buscó una cabina. No supo por qué le pareció fuera de lugar que en la tarjeta estuviera impresa la imagen de una de las chicas del grupo musical Kiruba.

En la cabina empezó a leer despacio las instrucciones para hacer la llamada. Quizás era un pretexto, una manera de aplazar lo inaplazable, una forma de darse ánimos, porque teclear un número no tiene ningún misterio. Aunque lo había ensayado muchas veces, no sabía cómo lo diría, pero estaba resuelto y ahora solo quedaba completar la marcación de aquel número que había guardado varios meses en su billetera, escrito por ella, al apuro y con rasgos nerviosos, en un pedazo de servilleta.

Cuando terminó de digitar las siete teclas sintió que la ansiedad y la angustia se apoderaban de él. Una timbrada, dos, tres. Era insoportable el golpeteo en las sienes, los latidos del corazón acelerado y revuelto. Con el ánimo derrotado, colgó el auricular. ¿Debió esperar que timbrara más? No supo cómo soportaría su existencia hasta la mañana siguiente. Previó que esa noche, como muchas otras, lo atacaría el insomnio y se desvelaría pensando que ella no quiso atenderlo, no quiso escucharlo.

Creyó que debería arrojar la tarjeta telefónica a un tacho de basura y que no tendría que volver a intentar algo que, por imposible y por inmenso, se había convertido en inútil, aunque una fuerza extraña, una energía que se mantenía encendida, lo impulsó a intentarlo de nuevo. Sacó el pedazo de servilleta de su bolsillo, alzó al auricular, esperó el tono de marcar, introdujo la tarjeta, aplastó lentamente una tecla tras otra y esperó a que empezara a timbrar.

Uno, dos, tres repiques. De nuevo el golpeteo en las sienes, los latidos del corazón acelerado y revuelto. La emoción se desbordó cuando escuchó la voz de ella al otro lado de la línea. Él dudó. Titubeó. Sufrió. Estuvo a punto de decir lo que tantas veces había ensayado: “Te llamo para decirte que te quiero”, pero no pudo. Cuando colgó y tiró a la calle la tarjeta Kiruba, dos lágrimas tímidas bajaron despacio por sus mejillas.

Absurdos cotidianos

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