Hay en ella una vida que cada segundo, cada instante, está brotando de manera intensa, emotiva y contradictoria.
En sus sorpresivos misterios, que quizás aún no alcanza a entender o asimilar, fluyen el asombro y el desconcierto por los cotidianos descubrimientos que ella hace, muchas veces sin proponérselo, de su íntima naturaleza y de su inédita personalidad.
Precisamente en esos descubrimientos está el sentido de su vértigo: sus días son una persistente exploración en lo desconocido, un combate esencial donde luchan sus miedos, su talento, sus virtudes, sus sueños, su timidez, sus pequeñas o grandes soledades, su rostro lleno de luz, su manera particular de enfrentar las inseguridades y las incertidumbres, sus fórmulas simultáneamente creativas y difíciles para intentar construirse a sí misma, los secretos más recónditos que guarda en su corazón no siempre cómplice.
Y ese vértigo también es el vértigo de su padre: angustiado casi siempre por sus limitaciones para entenderla, preocupado casi siempre porque no puede dedicar más tiempo para acompañar su crecimiento como ser humano y su necesario aterrizaje en la realidad, su desafío permanente es ser capaz de poner toda su madurez al servicio de su hija, toda su capacidad de tolerancia y sensibilidad para comprender la complejidad de las dolorosas batallas que ella seguramente libra en los límites cada vez menos invisibles entre la niña que empieza a ser distante y la mujer que inexorablemente se aproxima.
Cuando aquellas batallas interiores le dejan un momento de calma, su padre intenta –sin saber cuán útil y pertinente pueda resultar– abrazarla, orientarla, aconsejarla, reír con ella, acompañarla al cine, compartir cualquier juego infantil o adolescente, armar una reflexión mutua desde sus inquietudes y sus desencantos y mostrarle caminos hacia las certezas, aunque en el fondo él sabe que muy pronto llegará el momento decisivo: después de tres o cuatro años –el tiempo arremete contra nosotros con toda su velocidad y su inasibilidad y nada puede detenerse– quizás ya no esté en casa.
Solo entonces, cuando un enorme vacío se cierna sobre la nostalgia familiar, se sabrá de cuánto sirvió y cuánto faltó caminar de la mano entre el padre y la hija. Solo entonces será posible evaluar –si cabría hacerlo– cuánto de lo sembrado fue fecundo y cuánto no pudo florecer.
Entre tanto, ella habita su adolescencia y la llena de sentidos. Aún no conoce (no puede conocerlo) cuánta alegría, cuántos éxitos, cuántos fracasos y cuánto dolor la esperan, aunque de vez en cuando da la impresión de que quizás lo intuye: en ocasiones, como entreteniéndose y haciendo apuestas por su propio futuro, inventa planes con su hermana pequeña y esboza lo que podría ser su destino compartido (quizás el turismo, o la poesía, o la arquitectura, o el diseño gráfico, o el periodismo, o la música. Quizás vivir juntas y compartir los gastos y el cuidado de la casa mientras estudian o trabajan en lo que más las llene y satisfaga...).
Por ahora empieza a marcar sus territorios. Su curiosidad insaciable la lleva a preguntar y preguntarse todo, a cuestionar a los adultos desde su punto de vista al mismo tiempo inocente y riguroso, a desarrollar junto a su madre sus criterios, sus afectos y sus escepticismos.
Talvez ha tenido suerte de que la pasión por los libros y las películas le hayan abierto múltiples entradas hacia la fantasía, el vuelo mental, la imaginación fecunda y el aprendizaje existencial. En sus diversos referentes están, por ejemplo, Harry Potter y El Señor de los Anillos, Pocahontas y La Sociedad de los Poetas Muertos. Están el amor por su país frágil y la solidaridad con miles de millones de seres agobiados por un planeta donde gobierna la inequidad. Están sus canciones más sentidas, sus seres más queridos, sus valores, sus principios.
De cada uno de esos referentes ella extrae sus particulares magias y sus originales formas de plantearse y emprender una existencia singular. De cada uno de ellos toma lo más sensible y lo más fantástico. De cada uno de ellos se alimenta su alma mientras su vida, cada segundo y cada instante, brota de manera intensa, emotiva y contradictoria.