Ana Julia Rugel recuerda el largo traje rojo con mangas bombachas hasta los codos que vistió en 1958 para caracterizar a Doña Beatriz, personaje de Los Habladores, un entremés de Miguel de Cervantes, con los que debutó Ágora, el grupo de teatro que ella ayudó a crear, impulsando la idea desde la Facultad de Filosofía de la Universidad de Guayaquil, donde estudiaba.
Transcurridos 45 años de esa presentación, se acuerda de su papel: de una palabra que escuchaba hacía un largo parlamento e intentaba hacer callar al otro hablador, Roldán, personaje que interpretó José Pipo Martínez Queirolo, en ese entonces un estudiante de Ingeniería Civil.
Esa noche también fue la primera vez que Ramón Arias pisaba las tablas. Apareció en el escenario de la Casa de la Cultura como el soldado de La Guarda Cuidadosa. Alguno olvidó sus líneas y Gerard Raad, el apuntador en el debut y actor de las siguientes obras, debió soplárselas.
Los cuatro universitarios de los años 50 y otros, que ya no viven en el país, fueron los primeros integrantes del grupo teatral que llevó a escena más de quince obras de autores nacionales y extranjeros por doce años consecutivos.
Primero montaron las obras de forma gratuita y en teatros como el 9 de Octubre y el Olmedo o en el paraninfo de la Universidad Estatal, ocho años después de constantes movilizaciones de vestuario y tramoya adecuaron dos aulas de un colegio adscrito a la Facultad de Filosofía (en Víctor Manuel Rendón y Boyacá) y crearon su propio escenario, con unas cien sillas. Cobraron 10 sucres la entrada.
Con diez años de trayectoria, Ágora viajó a Colombia para participar en el primer Festival de Teatro Universitario Latinoamericano. Para esa época, Ana Julia estaba viviendo en Estados Unidos y Ramón se había convertido en director del grupo. Él estuvo hasta el final, junto con sus dos compañeros. Cuenta que en 1970 se extinguió el grupo por “esas cosas de la política en la universidad. La FEUE (Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador) se empezó a interesar por la actividad cultural, me sacaron y se murió el teatro”.
Entonces, Gerard –que dictaba clases de matemáticas en colegios– hizo teatro con sus alumnas. Ramón también se dedicó a la enseñanza, algo que mantiene hasta ahora, pues para él el público son sus alumnos y actúa de profesor. Pipo ejerció de topógrafo, dibujante, pues “del teatro no se puede vivir”.
Ellos siguen trabajando por la cultura desde diferentes áreas. Ana Julia dirigiendo la fundación Leonidas Ortega, Pipo mantiene el teatro Dos Carátulas en su domicilio y ha escrito 22 obras y adaptado alrededor de 30, Gerard es crítico de cine y teatro y Ramón volvió a los escenarios hace un año a dirigir el grupo de teatro de la Escuela Superior Politécnica y realiza los ensayos antes de clases, como lo hacía Ágora.