Domingo 23 de noviembre del 2003 Absurdos cotidianos

La Luz De La Oscuridad

Rubén Darío Buitrón

En el tiempo de nuestros mayores no había televisión: los niños nos sentábamos alrededor de ellos para escuchar con emoción y suspenso sus relatos sobre duendes, aparecidos, hechizos, brujas y fantasmas o pedíamos, una y otra vez, que con sus voces acogedoras, lentas y serenas nos leyeran nuestros libros de cuentos favoritos.

Entonces no importaba que aquellas noches, largas y tiernas, hiciera falta la luz eléctrica porque una vela era suficiente para que la vida fuera mucho menos rápida y distante que ahora, cuando el televisor concentra nuestra atención y nada más debe perturbarnos, cuando el televisor no deja que nos miremos entre nosotros porque tenemos la vista y todos los sentidos pendientes de lo que ocurre en la pantalla y nadie debe alterar nuestra concentración.

Tenemos todos los sentidos pendientes de la pantalla y si alguien quiere contar algo que le ocurrió ese día o decirnos que está triste o comunicarnos una buena nueva lo callamos porque no nos deja oír: preferimos escuchar lo ajeno y distante a dejar de percibir las voces propias.

Aunque parece que estamos juntos, en la misma sala o en el mismo dormitorio, somos rehenes de la técnica, la ciencia, la informática: extasiados frente al televisor, cada uno está metido en su más lúgubre cárcel interior, en su más devastadora individualidad.

Por eso, cuando éramos niños, si de repente alguien gritaba “se fue la luz” no nos lamentábamos, como ahora, de que no podremos ver nuestro programa preferido o nuestro más reciente DVD o la película que pasan en cable.

No nos lamentábamos de que esa noche sería frustrante e incompleta porque resultaba imposible jugar en nuestro play station o en el nintendo o encender la computadora para navegar en busca de nuestra soledad o en busca de un programa en el que, por alguna insólita trampa de sus inventores, alguien debe asesinar a alguien para que el compulsivo jugador no quiera jamás dejar de disparar.

Se iba la luz (no entendíamos a dónde ni comprendíamos cómo ni para qué, pero así lo decíamos porque quizás, de verdad, queríamos que se fuera) y los niños empezábamos una fiesta interminable y renovada donde la imaginación era la luz de la oscuridad, donde nada nos hacía falta porque teníamos a los abuelos o a una tía o a papá o a mamá para que nos abrazaran y acogieran y estuvieran dispuestos a llenarnos las noches de leyendas, tradiciones y aventuras.

No sabíamos por qué la vida parecía más lenta y, talvez, más fraterna y humana, pero teníamos lo que nosotros podíamos inventar, construir, crear, y ningún aparato y ninguna máquina podría reemplazar la necesidad espontánea de estar juntos y escucharnos y charlar y saber que cada uno de nosotros existía, amaba, reía, lloraba.

Alrededor de una vela compartíamos nuestro presente y nuestro futuro. Si en el momento que nos quedábamos sin energía eléctrica no había una persona mayor que pudiera llenarnos de magia, nosotros mismos decidíamos compartir nuestros temores, supersticiones,  creencias y mitos.

Entendíamos, desde chicos, que un miedo compartido es mucho más llevadero que un miedo oculto en el fondo de cada uno.

Cuando alguien gritaba “se fue la luz” bastaban un fósforo y una vela para que la vida se encendiera.
Esa luz, aparentemente débil, frágil y sutil, era suficiente para iluminarnos.

Absurdos cotidianos

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