Una taza con agua de cedrón, endulzada con miel de abeja y aromatizada con una ramita de ruda. Ese es el secreto que aplica Esperanza para apaciguar los miedos que la asaltan alguna que otra madrugada.
Son miedos que la acosan, que la cercan, que la asfixian. Miedos que le recuerdan la paradoja esencial que atraviesa su vida: hace más de tres años empezó su noche larga y oscura cuando los médicos de Solca le diagnosticaron un cáncer. Pero hace tres años, también, nació su luz definitiva: Noelia.
Esperanza toma el paso del tiempo como un referente distinto al de los demás, al de quienes no saben cómo ni cuándo les llegará la muerte. Todo lo que ha querido conocer debe conocerlo ya. Todo lo que ha deseado leer debe leerlo ya. Todo lo que ha querido amar debe amarlo ya. Todo lo que sueña para su hija debe construirlo ya.
“La vida es corta”, pronuncia con plena convicción, con autoridad, con certeza. Porque tiene 38 años y desde que empezó sus inacabables y dolorosos tratamientos en los hospitales oncológicos de Guayaquil y Quito ha visto el rostro de la muerte demasiado cerca.
Lo ha palpado. Lo ha sentido. Ha sido testigo de cómo el cáncer echó abajo resistencias aparentemente más fuertes que la de ella y terminó con la vida de familiares y amigos que se dejaron caer en el conformismo, la autoconmiseración y la inútil impaciencia.
Porque el cáncer parece matar, primero, el espíritu de lucha, el ánimo de seguir, la autoestima. Porque antes de destruir los órganos vitales, el cáncer quiere destrozar toda utopía, todo sueño, cualquier atisbo de futuro.
Pero Esperanza sigue viva. Y, más que viva, vital, multiplicada. No se derrumbó cuando supo que, desde entonces, cada hora sería parte del camino hacia la nada. No se derrumbó cuando supo que debería enfrentarlo todo en soledad, sin un compañero que estuviera constantemente a su lado.
Sus días son incesantes. Trabaja en dos importantes instituciones de Machala. Ha escrito dos libros de poemas. Ha viajado por una decena de países. Ama la música con intensidad: su colección de casetes y cds la escucha en casa y la lleva en el auto nuevo que decidió regalarse hace poco. Ahora ha comprado una guitarra y ha empezado a conocer sus cuerdas.
Esperanza quizá no muera nunca. Porque aunque un día el agua de cedrón y la ramita de ruda ya no puedan apaciguar los miedos y la enfermedad la atrape irreversiblemente, Noelia será su continuidad: en cada canción, en cada abrazo, en cada palabra y concepto que le enseña a pronunciar, en cada gesto y atención que dedica a su hija, Esperanza siembra un amor demasiado trascendente como para que algo tan terrenal como un cáncer pueda impedir que florezca y permanezca para siempre.