Domingo 09 de noviembre del 2003 Absurdos cotidianos

La Dignidad Como Fortaleza

Rubén Darío Buitrón

Carlos Lazo se califica como un conductor defensivo. Defensivo porque entiende que en un entorno de agresividad, ponerse una coraza de serenidad y reflexión es el único contrapeso para existir, en lo posible, sin dolores ni sobresaltos.

Es extraño lo que siente. A medida que la ciudad crece y crecen la violencia, el delito, el estrés, todo el peso de la angustia urbana, él va ganando tranquilidad, paz consigo mismo.

Más de 25 años recorriendo las calles guayaquileñas le han servido para aprender algo en la vida –lo dice así, con la sencillez que le ha dado la sabiduría de los años–: hay que mantener siempre encendidas las luces de la armonía interior.

“No crea que a veces no siento deseos de romper con todo, pero me detengo, lo pienso bien y llego a la conclusión de que no tiene sentido”, dice mientras espera que cambie el semáforo y tolera la impaciencia de los conductores de los autos que van detrás.

Hace 33 años llegó de Cuenca porque en el campo la vida era difícil, reflexiona, pero sobre todo porque quiso probar y probarse. Primero luchó contra sí mismo, contra el desarraigo y la soledad, contra su fragilidad ante los rigores del invierno costeño. Luego tuvo que vencer mitos y asumir que la única manera de enfrentar la existencia es mirándola de frente, sin echarse para atrás ante las derrotas, siempre momentáneas.

Así descubrió lo que se convirtió en su herramienta más vital: su dignidad.

Con esa bandera ha caminado estos largos 33 años. Ha sufrido, claro. Ha sido víctima de desencuentros, desentendimientos, envidias, rencores. Pero nunca ha respondido a la maledicencia ni a la crueldad con la que el ser humano –cierto ser humano– puede intentar corroer el espíritu ajeno.

Es que la vida es otra cosa, enfatiza mientras pregunta de nuevo la dirección a la cual quiere ir el pasajero. La vida es jugarse cada día por la familia, expresa sonriente: he ganado cada apuesta por el futuro invirtiendo mis ahorros primero en un volquete, luego en un colectivo y, finalmente, en un taxi.

Carlos Lazo parece un hombre feliz. Sus cuatro hijos se han casado, se han ido, ya no dependen de él ni de su esposa, la única persona que ahora lo espera en el hogar, donde los vacíos se llenan con la fortaleza de su largo y sostenido amor.

Cuando el violento chofer de una camioneta Datsun que invade vía saca la cabeza por la ventana y lo insulta, Carlos Lazo mueve la cabeza, lo mira y sonríe. En su gesto hay dignidad, no resignación ni cobardía.

 

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