Ocurre de pronto, como si una mano imprevista e invisible pusiera espejos frente a ti. Y sucede porque, aunque no lo quieras, aunque en lo más profundo de ti quisieras evitarlo, el tiempo transcurre y ya no eres el veinteañero que miraba el futuro como si aún no llegara, que asumía que aún quedaba mucho tiempo para tomar decisiones, que entendía que aún no había necesidad de ser protagonista de uno mismo.
No eres el veinteañero que fue testigo del nacimiento, de los primeros llantos y los primeros pasos de aquella pequeña niña, tu sobrina, que ahora es una mujer y que habla de la vida con toda la intensidad y la frescura de su juventud, de sus proyectos, de sus amores, del novio que dejó en Alemania, de su ningún apuro por casarse o comprometerse, de sus pasantías y su tesis y su doctorado, de sus experiencias en Europa y en Estados Unidos.
Es curioso pensar que esta persona adulta que tienes frente a ti conversando cosas de adultos (“temas serios”, suele decirse, como si los niños no tomaran en serio cada minuto de su infancia) es la misma niña que tú abrazaste, acurrucaste y viste crecer.
Es curioso pensar que esta señorita grande, con título universitario y criterios firmes y seguros sobre la política, la economía y la sociedad, es la misma bebé que te enseñó, sin ella saberlo, a conocer cómo es la vida vista del otro lado, del lado de quienes tienen la responsabilidad de criar hijos, de transmitir valores y principios, de cuidar, atender, educar, proteger y dar ternura.
Ahora, muchos años después, ella está frente a ti y te cuenta que ya tiene 27 años. El dato te sorprende. Te impacta. Porque la mano invisible ha puesto un espejo frente a ti y te das cuenta de cómo los años han llegado (o, peor, se han ido) vertiginosos, cómo se vuelve inútil y vacío cualquier intento por retener esos minutos, esas horas, esos días que cada vez pasan más rápido, como si la vejez o la muerte contigo tuvieran prisa.
Y no se trata de no aceptar lo que se viene, un proceso natural, sino de asumir de manera realista la fragilidad de los seres humanos (o la tuya, simplemente) frente al imposible control que se puede ejercer sobre las simultáneas incidencias del avance de los años en relación con la existencia personal.
Ella te cuenta historias de sus abuelos, sus padres, su hermana, sus tíos (incluido tú). Ella te sorprende por sus percepciones familiares, tan distintas a las tuyas.
La escuchas con misterio, con fascinación. Es la misma niñita que ayudaste a criar y que ahora también se encarga de recordarte que tus hijas van por el mismo destino: pronto serán jovencitas, pronto ingresarán a la universidad, pronto se enamorarán, trabajarán, tendrán que enfrentar y superar sus propios fantasmas y tú ya no podrás evitar que la vida las golpee y les dé lecciones.
Los años se vienen (o se van). Y ahora sabes que la escasa o mucha vida que te queda quizás solo se sostenga con los pocos recuerdos felices que aún puedes acumular.