Domingo 19 de octubre del 2003 Letras y Notas

Miguel Hernández, prisionero de su biografía

Betty Beltrán, para El Universo | ALICANTE, ESPAÑA

El autor fue un referente para los escritores sudamericanos. Su casa-museo es muy visitada. Y su figura crece y conmueve. En España se realizará un congreso sobre su obra.

Entre el 26 y el 30 de octubre próximo se realizará el II Congreso Internacional sobre Miguel Hernández.

Camaradas, compañeros y amigos, despedidme del sol y de los trigos. Fueron las últimas palabras que el poeta español Miguel Hernández (Orihuela, 1910) escribió en las paredes de su celda. Y lo hizo con su sangre, poco antes de morir en 1942.

Su trágica muerte en Alicante y los estragos de la Guerra Civil Española confabularon para que su nombre entrara en el oscurantismo, aunque con el tiempo se supo hacer justicia.

Actualmente su poesía social es admirada, estudiada y, entre el 26 y 30 de octubre, será analizada en el II Congreso Internacional Miguel Hernández. El escritor José Saramago, premio Nobel de Literatura, será el presidente del evento.

Tras la inauguración en Orihuela (50 kilómetros de Alicante), el congreso se desarrollará en Madrid en consideración al papel determinante que supuso la capital de España en la vida y obra hernandiana, tal como reconoce el propio vate en su poema Madrid: “Eres mi casa, Madrid, mi existencia”.

Es indiscutible que la figura del autor de El rayo que no cesa y Viento del pueblo, crece y conmueve. Y su casa, en la que habitó casi toda su vida, es muy visitada por los turistas culturales en todo el año, aunque en verano siempre reporta un récord.

Las calles del casco viejo de Orihuela están vacías, aburridas. El único barullo llega desde la casa número 73, de la calle de Arriba. Es un inmueble de principios de siglo: pobre y famoso. Allí vivió Miguel Hernández hasta que fue asesinado por el franquismo debido a razones ideológicas y utilizado después, también ideológicamente, por la izquierda de los años setenta que hizo de él uno de sus iconos.

Un hombre menudo y abultado sale al dintel de la puerta de la vieja vivienda de una planta. Es el guía de la estancia que con afán desmedido invita a entrar al visitante.

El calor, 40 grados a la sombra, lo debilita, pero no le hace perder la sonrisa y la lucidez para dar una reseña, a vuelo de pájaro, del personaje que habitó el lugar... Sus palabras se mezclan con las de Joan Manuel Serrat. La música del cantautor español –Para la libertad–  suena de fondo otorgando al ambiente mucha serenidad.

- “Aquí vivió Miguel Hernández, ¿lo conocen?... Pregunta el guía. Pero los ocho turistas, entre españoles y alemanes, dudan en responder. Y el hombre menudo entristece, aunque su desánimo dura poco porque sabe que la mayoría de visitantes son buenos conocedores de la vida, pasión y obra del poeta. Irónico: el vate influyó más en los latinoamericanos que en los españoles, dice.

- “Parece que en América, sobre todo los argentinos, conocen mucho de Hernández”, apostilla. ¿Y los ecuatorianos?... “aquí han llegado pocos, pero los que vienen demuestran un amplio conocimiento”, repone.

De ahí que las palabras de Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz, tienen sentido cuando dijo, durante su visita a la casa-museo, que “la creatividad de la poesía de Miguel ha influenciado mucho todas nuestras culturas”.

Eduardo Galeano también lo cree: “Los escritores de mi generación en América Latina somos, en gran medida, hijos de Miguel, y bueno, es emocionante poder estar acá –en la vivienda del poeta– y seguir sus pasos”.

La casa, una obra de mampostería, de alrededor de 100 metros cuadrados, consta de salón, comedor, cocina y tres habitaciones; el cuarto que utilizó el poeta es minúsculo (4 x 6 metros aproximadamente) y apenas cabe una cama de media plaza, una mesa de noche y una que otra silla.

El mobiliario y el ajuar doméstico que se muestran en toda la estancia no pertenecían a la familia Hernández, es un montaje museográfico de las típicas viviendas oriolanas de principios del siglo XX; también hay fotografías de distintos momentos de la vida del escritor.

Para acceder al patio hay que hacerlo desde la cocina, inmediatamente se encuentra el pozo y una pila de piedra para el agua, en una esquina se observa un pequeño aseo. El resto del patio está ajardinado: macetas con geranios, margaritas, azucenas, junquillo...

El conjunto de la casa se asienta en una ladera, en las faldas de una gran roca (o montaña) y una serie de aterrazados le permite adaptarse a la pendiente del terreno. En esas especies de plataformas de barro y piedra se sitúan, además de la vivienda y el patio, el cobertizo para las cabras y el huerto.

Al final de la casa está el huerto, en la parte más alta, junto a la roca; hay poco verdor y mucho silencio, ni siquiera se oye el canto de los grillos que se juntan con el sol de la tarde que cae a plomo sobre Orihuela. En aquel espacio de naturaleza el poeta, bajo la sombra de la higuera, escribía para recuperar la vitalidad del pensamiento y de la palabra como anarquía.

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