Caminó con los ojos cerrados. Fue un momento corto, fugaz, pero decisivo. Caminó con los ojos cerrados porque no quería ver lo que debía ver.
Los abrió cuando intuyó que aún quedaba una puerta, la última. Los abrió porque quiso creer que allá, a esa indescriptible distancia, estaba lo que andaba buscando.
Tomó todas las precauciones. Cuidó de que nadie se diera cuenta de que iba en esa dirección. Tenía que hacerlo así porque decidió que ya basta, que hasta ahí había sido suficiente. La habían lastimado, se sentía acorralada, algo se había trizado en su alma. Y no quería que nadie más aportara a su dolor, a ese coro perverso que según ella la asfixiaba, le daba vueltas, la cercaba, la aprisionaba.
Pero él, ¿podría entenderla? ¿En qué momento, cómo, de qué manera ese hombre podría abrir esa última puerta que a ella le quedaba? Pero había decidido acercarse y no era conveniente volver atrás, sobre todo ahora que sentía que muchas miradas le enviaban señales de desaprobación, que su mundo familiar se había convertido en un implacable tribunal, que la gente con la que hasta esos días compartía casi todo –el trabajo, la amistad, el sacrificio, la alegría, la solidaridad, la fiesta– se había convertido en un círculo de indiferencias y frialdades.
En el camino recordó cuántas veces, desde niña, le habían aconsejado que no confiara en los hombres. De manera insistente, como si fuese un adoctrinamiento, la madre y las tías y las profesoras y las abuelas parecían haberse puesto de acuerdo en contagiarla de todos los miedos, mitos y prejuicios que arrastraban.
Pero esta vez era tan profundo el dolor, tan intenso el silencio que tenía guardado, tan lacerante la huella de lo sucedido que dio cinco pasos más y se acercó y preguntó al hombre si podía contarle algo.
Como a veces la tradición satanizada pesa más que la experiencia real, era muy fuerte la sensación de que esa puerta, la última, no se abriría. Creyó que mientras caminaran por los jardines él solo fingiría escucharla, pero que no diría nada esencial (aunque no estaba segura de qué quería escuchar, no se sentía segura si estaba haciendo lo correcto: ¿contar a un hombre problemas personales?).
Empezó a hablar. Él, efectivamente, la escuchaba (o fingía hacerlo). Ella dudó de nuevo. Pensó que era un error lo que estaba haciendo, que si ninguna de sus amigas pudo aconsejarla, con menos lógica un hombre (con esa visión tan machista, tan ruda, tan simple que ellos tienen para explicarse la existencia, para no complicarse con sensibilidades ni afectos difíciles, para tomar decisiones prácticas, sin lágrimas ni patetismos).
Era extraño ese instante que pudo verse a sí misma caminando junto a ese hombre que ella había escogido como la última puerta de salida. Era extraño porque estaba hablando de un asunto difícil, que tenía que ver con el amor, mientras luchaba contra esta idea de que lo más inútil que había hecho en las últimas horas era, precisamente, charlar con un hombre al que había acudido para que la escuchara y la comprendiera y, ojalá, le diera alguna luz.
Volvió a cerrar los ojos. Calló. Siguió caminando y de pronto empezó a sentir un abrazo de palabras, empezó a escuchar que sí había maneras de afrontar los avatares, que sí era posible blindar el alma.
Cuando abrió los ojos supo que se había abierto esa puerta que buscaba.