“Cuando vivía en Colombia, en alguno de los viajes que por razones de trabajo debía realizar a zonas distantes de las ciudades, llegué a un lugar bastante pobre pero de gente muy amable.
“Luego de seis horas de viaje, algunas realizadas en carro y otras a pie, sentí la necesidad de ir al baño.
“Solicité a la dueña de una de las casas del pueblo que me prestara un baño, una palabra que resultó ser totalmente desconocida en el pueblo. Cuando la señora comprendió mi necesidad solicitó a uno de sus hijos que me alcanzara una ‘mica’ (bacinilla). La trajo y la colocó ahí en media sala, frente a todos.
Ante el asombro y la cara de extrañeza de mis amigos preferí contener las ganas y agradecí la intención de ayudarme”.
Mariana Barriga