Domingo 21 de septiembre del 2003 El Alquimista

El Bosque De Cedros

En 1939, el diplomático japonés Chiune Sugihara, que ocupaba un puesto en Lituania en una de las épocas más terribles de la humanidad, salvó a miles de judíos polacos de la amenaza nazi, concediéndoles visados de salida.

Su acto de heroísmo fue apenas una nota a pie de página en la historia de la guerra, hasta que los supervivientes salvados por Sugihara decidieron contar su historia. No se tardó en elogiar su coraje y grandeza, que llamaron la atención de los medios de comunicación, y llevaron a algunos autores a escribir libros que lo describían como el “Schindler japonés”.

En aquellos momentos, el gobierno israelí estaba recogiendo los nombres de los salvadores para recompensarlos por sus esfuerzos. Una de las formas en que el Estado judío pensaba reconocer su deuda para con estos héroes consistía en plantar árboles en su honor. Cuando se reveló la valentía de Sugihara, las autoridades israelíes decidieron, como de costumbre, plantar en su memoria un bosque de cerezos, el árbol tradicional del Japón.

De repente, en una decisión poco habitual, la orden fue revocada. Decidieron que, comparados con el valor de Sugihara, los cerezos eran un símbolo insuficiente y se inclinaron por un bosque de cedros, árbol más vigoroso y de connotaciones sagradas, por haber sido empleado en el Primer Templo.

Después de plantar los árboles, las autoridades israelíes descubrieron que ‘Sugihara’ en japonés significa... bosque de cedros.

El camino que lleva al cielo
Cuando preguntaron al abad Antonio si el camino del sacrificio conducía al cielo, respondió:
- “Existen dos caminos de sacrificio. El primero es el del hombre que mortifica la carne y hace penitencia porque piensa que estamos condenados. El hombre que sigue este camino se siente culpable y se juzga indigno de vivir feliz.

“El segundo camino es el que recorre aquel que, aun sabiendo que el mundo no es perfecto como deseamos, reza, hace penitencia, ofrece su tiempo y su trabajo para mejorar lo que le rodea. Entiende que la palabra sacrificio viene de sacro oficio, el oficio sagrado. En este caso, la Presencia Divina le ayuda todo el tiempo, y él consigue resultados en el cielo".

El capullo
Cuenta el gran escritor griego Nikos Kazantzakis (Zorba, el Griego) que, de niño, un día reparó en un capullo preso en un árbol, de donde una mariposa se preparaba para nacer. Esperó algún tiempo, pero, como se le hacía tarde, decidió calentar el capullo con su aliento; la mariposa terminó saliendo, pero sus alas estaban todavía presas y murió poco después.

“Era necesaria una paciente maduración al sol, y yo no supe esperar”, dice Kazantzakis. “Aquel pequeño cadáver es, hasta hoy, uno de los mayores pesos que tengo en la conciencia. Pero fue eso lo que me hizo entender lo que es un verdadero pecado mortal: forzar las grandes leyes del universo. Es necesario tener paciencia, aguardar el momento oportuno, y seguir con confianza el ritmo que Dios escogió para nuestra vida".

El empleado inteligente
En la época en que estaba en una base aérea en África, el escritor Saint-Exupéry hizo con sus amigos una colecta para un empleado marroquí que quería volver a su ciudad natal. Consiguió reunir mil francos.

Uno de los pilotos llevó al empleado hasta Casablanca, y a su vuelta contó lo que había sucedido:

– En cuanto llegó, se fue a comer al mejor restaurante, dio generosas propinas, invitó a todo el mundo a bebidas, compró muñecas para las niñas de su pueblo... Este hombre no tenía el más mínimo sentido de la economía.

–Al contrario –respondió  Saint-Exupéry. –Sabía  que  la mejor inversión del mundo son las personas.

Gastando  así, consiguió de nuevo ganarse el respeto de sus paisanos, que terminarán dándole un empleo. A fin de cuentas, solo un vencedor puede ser tan generoso

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