Una actitud de vida sin máscaras, sin poses, es lo que ha llevado Pedro Gil, quien presenta hoy, a las 19h00, en la Casa de la Cultura del Guayas su quinto libro, Sano juicio. Hombre de hablar pausado y de maneras lentas (nació en Manta en 1971) confiesa sin pena que veía duendes saliendo de las paredes. “Pasé mi juventud encerrado en tratamientos para dejar la droga y el alcohol”, dice sin remordimientos.
Creía en la teoría de que el artista tiene que fusionar vida y arte, escribía de acuerdo a los avatares, pero hubo momentos en que se cansó, en los que la soledad le ganaba. Según Pedro, hay testimonios de gente que lo conoce en Manabí, de que se pegaba borracheras hasta de 60 días, convivía con los mendigos en la calle, debajo de los puentes, pero eso no era una cuestión extraliteraria. Es mi vida la que estaba hecha pedazos, dice.
La realidad superó la ficción, pronto se convirtió en un ratero, llegó a la condición de mendigo. Todo eso me afectaba en los pocos momentos de lucidez que yo tenía, era muy jodido, expresa. “Hay alcohólicos y drogadictos que tienen una mano, pero yo no la tenía ya que mi mamá murió y con eso se acabó todo”.
Siempre escribió a pesar de todo. Clarice Lispector decía que la literatura es una maldición que salva. Para Pedro Gil la salvación ha sido la poesía. Sin ella hubiera sido un alcohólico y drogadicto más. “Siempre respeté el hecho poetisable. Alcoholizado, drogado, metido en la delincuencia, traicionado por mujeres, siempre escribí, siempre tuve fe en la poesía”, dice.
No hay que adivinar nada, se le ha ido la vida detrás de las letras, las palabras, el alcohol y la droga. Hijo del esmeraldeño Víctor Gil y de la manabita Monserrate Flores, publicó su primer libro a los 17 años, Paren la guerra que no yo juego. Le siguieron Delirium tremens en el 93; Con arrugas en la sangre en el 96 y He llevado una vida feliz en el 2001.
Sano juicio es una voz de abstinencia. “No es un gran libro, ni químicamente puro, pero sí me gusta porque es la primera vez que yo escribo en abstinencia”, aclara para los que pretendan juzgarlo. “Sano juicio quiere decir que viví en la locura, la locura de la adicción, la compulsión, la obsesión por consumir, consumirme todo, hasta la cama”.
Desde los siete años, con su padre y madre atendían una cantina. Mi padre pasaba solo chupando, dice Pedro. “Eso fue frente al cementerio de Tarqui en Manta, en ese tiempo un hermano profesor me hizo llegar el primer libro de mi vida, Crimen y castigo, cuando era peladito (tenía diez años) lo cual no sé si fue para mal o para bien. Yo iba a comprar el aguardiente en una mochila, no conocí el juego”.
Refiere que llegó a la poesía por necesidad. “Mi mamá era una mujer tirana, conmigo; yo no hablaba mucho, todavía se me hace difícil la comunicación, entonces sentí la necesidad. Lo único que pude hacer para no caer en el suicidio fue escribir con coraje porque con toda esa vida yo no podía escribir a las gaviotas ni a una vida íntima”.
“Cuando llegué a Guayaquil a los 24 años parecía un salvaje, miraba a los edificios extrañado. Estaba en una clínica y Franklin Briones, Jorge Martillo, que son como hermanos menores para mí, Fernando Itúrburu y Carlos Calderón, entre otros, hicieron una colecta para traerme. Ellos reconocían mi poesía, pero se enteraron de que vivía en la miseria, ya a esa edad había visitado unas cuatro clínicas de locos.
Sin ellos, y sin Ramón Cedeño, que tiene una clínica en Manta y que siempre me rescató y atendió gratis, mi vida hubiera sido otra”.
Pedro lleva ahora una vida tranquila. “Estoy en una etapa de sosiego y puedo decir que es es el mejor momento de mi vida”, comenta.