Está en Francia, atrás del teléfono. Solo se escucha su voz. Una voz musical y grave, con un español que posee acento portugués. Es la del escritor brasileño Paulo Coelho, de 56 años. El motivo para el diálogo es su reciente novela, Once minutos, que circulará en el Ecuador a finales de agosto. Pero el autor conversa también de otros temas. Tiene predisposición para la palabra.
En su nuevo libro, Coelho narra la vida de una prostituta brasileña llamada María y el argumento se desarrolla en Ginebra, Suiza. Se basó en una historia real para escribirlo. No obstante, aclara que el tema no es la prostitución. Este es solo el hilo conductor. El tema es una reflexión sobre su propia sexualidad.
Dice que el estilo es cercano al que utilizó en El Alquimista: “directo, sin ser superficial”, argumenta. La novela ha empezado a circular ya en varios países y, según cuenta, es por la cual ha recibido mayor número de correos electrónicos. Durante la conversación, evita pronunciarse sobre el problema social que es la prostitución, porque, explica, juzgar es muy fácil. Todos lo hacen, “pero hay que meterse en la piel de las personas para saber lo que sufren o dejan de sufrir”.
Coelho es un hombre cortés que mide minuciosamente cada una de sus respuestas, aunque se autocalifique como un ser espontáneo y emocional. Ensaya una contestación serena para cualquier pregunta, así esté relacionada con la calidad de su obra, de la que la crítica duda abiertamente; con el marketing en el que está envuelto su trabajo literario, o con sus hábitos excéntricos, como tomar únicamente agua del Santuario de Lourdes.
“La crítica tiene que opinar sobre mí, no yo sobre la crítica”, señala cuando se le pide un pronunciamiento.
Manifiesta, además, que la gente tiene derecho a que no le gusten sus libros, pero saca a relucir que posee muchísimos más lectores que detractores.
Y las cifras le dan la razón: 61 millones de libros vendidos en todo el mundo, traducidos a más de 56 idiomas. Y por todo ello una fortuna personal calculada en 200 millones de dólares. Él se apresura a aclarar que no son 200, sino menos, “eso se lo aseguro, aunque sí es una cifra considerable”, dice.
Señala que no tiene idea del porqué de su éxito. Cree que este está más allá de las explicaciones. Afirma que el dinero le da una sensación de libertad y que en un principio quiso tenerlo para viajar por el mundo, pero ahora ya no gasta en eso, porque siempre viaja por invitaciones y le pagan todo. Parte de su fortuna la invierte en una fundación que creó en Brasil, para ayudar a los niños, a los ancianos y a los enfermos mentales.
Dice que ha recorrido el mundo de una manera casi mágica, primero como hippie y luego como escritor famoso.
Entre los lugares que aún le faltan por conocer está África, por la cual siente una gran fascinación, sobre todo porque es una cultura que influyó mucho en Brasil; y de Sudamérica, Ecuador.
A este país piensa venir pronto, porque cuenta que tiene una invitación de una buena amiga: María Elena Ordóñez, de Arcandina. Trata de encontrar un espacio en su agenda para viajar en septiembre. Y si no es en esa fecha, será antes de fin de año, confirma.
En su vocabulario está la palabra Dios (“gracias a Dios tengo este dinero, que es fruto de mi trabajo”) y se declara devoto de la Virgen de Lourdes. También tiene una devota admiración por la literatura de Jorge Luis Borges y Henry Miller, de quien, sostiene, aprendió el estilo directo. De los autores brasileños, su preferido es Jorge Amado.
Casado por cuarta vez (su esposa es una artista plástica), cree en el amor, porque, según afirma, quien no cree en él no cree en la vida. “Hay que buscar hasta encontrar la persona que estaba escrito ibas a encontrar”, indica.
Mucha gente opina que su misticismo, su espiritualidad, es parte del marketing del que está rodeado. Él deliberadamente ignora esas voces. “Si quieren opinar que opinen. Son libres. Para eso vivimos en una democracia”.
Pero lanza una confesión: “me gusta provocar las pasiones. La polémica es algo que me da gran placer”.