Borges era un apasionado lector de teología: “Yo soy opuesto al católico argentino”, decía. “Ellos son creyentes pero no están interesados, yo me intereso pero no creo”.
Manguel conoció a Borges a los 16 años. Iba a su casa a leerle. Así entabló amistad con él.
Conoció a Jorge Luis Borges en la librería Pygmalion, de Buenos Aires, donde el autor argentino solía ir en las tardes, luego de culminar su jornada de trabajo en la Biblioteca Nacional. Era 1964 y Alberto Manguel, en esa época de 16 años, laboraba en aquella librería, por lo cual atendió varias veces al autor del Ficciones y El Aleph.
Borges, ciego y con una madre anciana, le pidió a Manguel que fuera a su casa a leerle. No podía ya hacerlo por cuenta propia. El joven fue. Desde entonces lo visitó dos o tres veces por semana durante cuatro años.
Su tía, admiradora de la literatura de Borges, le aconsejaba que llevara un minucioso registro de los encuentros.
Pero no lo hizo. A Manguel le parecía que sus reuniones con el autor no tenían nada de extraordinario. Conversar de libros, escritores y de formas de construir un relato, era de lo más normal. Era, desde su punto de vista, lo que debían ser siempre las conversaciones. Lo raro eran los diálogos con las otras personas, con las que hablaban de la familia, de la salud, o de juegos o incluso de los propios vecinos.
Visitando a Borges, quien nació en 1899 y falleció en 1986, Manguel se dio cuenta de que la casa del escritor, estrecha y modesta, era tibia y perfumada, gracias a la labor de Fanny, la mucama, y un tanto oscura; sin embargo, esa oscuridad, acorde con la ceguera del escritor, le daba un aire de pacífica intimidad.
Descubrió, también, casi con escándalo que la biblioteca que tenía en casa el escritor, era mínima y quizá hasta decepcionante. Todos esperaban encontrarse con cerros de libros. Pero no era así. Sin embargo, esa biblioteca contenía lo esencial del mundo de Borges: enciclopedias, obras literarias de sus autores predilectos: Shakespeare, Kipling; libros de diversas disciplinas. Jamás sus obras. Tenía una especie de desdén por lo propio. No se hallaba ningún libro escrito por él.
Todo eso Manguel, ahora de 55 años, lo recuerda en un pequeño libro de 91 páginas, que se titula Con Borges, y que sale a la luz con el sello del Grupo Editorial Norma. Escritor, ensayista y crítico literario, Manguel, como Borges, es un atento lector. Para él, como para el autor de Ficciones, la realidad está en los libros.
El volumen es evocación, testimonio y a la vez un anecdotario. Presenta diversas facetas de Borges: la del erudito, la del escritor que elegía a la perfección los adjetivos, la del autor que edificó giros idiomáticos especiales gracias a la influencia de las muchas lenguas que hablaba, y la del hombre solitario y tímido, que sin embargo, tenía un profundo sentido del humor y la ironía.
Se cuenta que sus rosas predilectas eran las amarillas y el amarillo pelaje de los tigres (su animal emblemático). Por este motivo sus amigos solían regalarle, para su cumpleaños, corbatas de un amarillo chillón. En esas ocasiones parafraseaba a Óscar Wilde: “Solo un sordo podría usar una corbata como esa”.
Otra anécdota que se halla en el libro está referida a Mario Vargas Llosa y sucedió en la década de 1950. Cuando el entonces joven autor peruano visitó la casa de Borges, al ver la modestia en que habitaba, preguntó por qué el maestro no vivía en un lugar más grande y más lujoso. A Borges le ofendió el comentario y le respondió: “A lo mejor en Lima hacen las cosas así. Pero aquí, en Buenos Aires, somos menos devotos de la ostentación”.
Manguel también consigna los defectos del autor: el racismo, por ejemplo, que según refiere, transformaba de pronto al lector agudo e inteligente en un momentáneo idiota. “En tales casos era inútil discutir con él o siquiera intentar disculparlo”, afirma.