Domingo 27 de julio del 2003 El País

Penipe inventó un modo de vivir

Javier Ponce, especial para El Universo | Penipe, Chimborazo

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PENIPE, Chimborazo.- Agustín Salguero es uno de los discapacitados que trabajan en el taller de calzado Vinicio de este cantón.

En este cantón existe un alto porcentaje de minusválidos que laboran en proyectos sociales.

Un equipo de antropólogos decidió marcharse. Para ellos en Penipe no había nada qué hacer.

Y es que en Penipe, el 40% de la población soportaba una marcada incidencia de cretinismo y discapacidades originadas en la presencia de bocio endémico. Un 87% de estos afectados vivía en el desempleo. 48 de cada cien hijos de este grupo de madres, morían por desnutrición y nula atención médica.

Pero allí no solo existía bocio, sino que en diversos casos este aparecía asociado con sordera, problemas del lenguaje y distintos grados de retardo mental.

El centro de Penipe tenía ese rostro que tienen algunos pueblos andinos: calles en las que es posible recoger el eco porque están vacías, casas con candado día y noche.

Jaime Álvarez, un sacerdote que trabajó junto a Leonidas Proaño, resolvió quedarse en 1981. Él comenzó por devolver valor y dignidad a los habitantes de Penipe y sembrar en ellos procesos de gestión autónomos e imaginativos.

El pueblo comienza, entonces, a girar en torno al “deseo solidario de establecer y desarrollar proyectos”, en respuesta a los problemas de salud, educación, trabajo, vivienda.

¿Es posible que un sector de la población que se considera sano, se una a aquella porción en la que la enfermedad ha dejado huellas? Beatriz Pazmiño, una joven de Azacucho, comunidad de Penipe, dice que sí y cuenta cómo aprendió, a partir de las palabras y la labor de las manos de una muchacha en silla de ruedas, el valor que encerraban unos huevos blancos, los capullos de los gusanos de seda.

Beatriz trabaja ahora en el proyecto de sericultura.

Nace institución
El camino por el que optaron los pobladores fue la creación de una institución que encarnara este deseo de vencer los problemas. Así nació el Centro de Erradicación del Bocio y Capacitación a Minusválidos (Cebycam).

Un equipo de trabajo integrado por un médico, una trabajadora social, un educador, un fisioterapista y una sicóloga, llevaron adelante un plan inicial: levantar un diagnóstico pormenorizado de las personas con alguna deficiencia.

Simultáneamente, en las escuelas se preparaba a los profesores para manejar situaciones de invalidez o retardo, mientras se cumplían campañas de prevención del bocio.

Además se ponían en marcha los primeros talleres de producción artesanal incorporando a los discapacitados en el trabajo.

Ahora ya existe el asilo Hogar de Ancianos. Este espacio, donde transcurre serena y dignamente el tiempo de vida, es atendido desde 1996 por un grupo de Hermanas de los Ancianos Desamparados.

Cuando todo este proceso se inició hace más de dos décadas, el diagnóstico hablaba de 1.030 ancianos que vivían en condiciones precarias, muchos de ellos abandonados.

Este asilo está en manos de las generaciones que sucedieron a estos ancianos y que entienden que les corresponde ahora cuidar de la etapa final de sus vidas.

En Penipe también está el Centro de Salud de Cebycam. Allí está Guadalupe, de 18 años, que sufre retardo mental.

La joven está en medio de quince niños y jóvenes con estados críticos de discapacidad y retardo mental.

El médico que dirige el Centro de Salud lo dice con orgullo: en Penipe ya no nacen niños con los síntomas del bocio.

El Centro enfrenta todavía situaciones complejas: altos índices de desnutrición y, desde las erupciones del Tungurahua, problemas respiratorios en alrededor del 60%.

Otro tanto ocurre con la vivienda. “La vivienda reactiva todo”, afirma el sacerdote Álvarez, mientras recorre las habitaciones en las que se instalará una pareja de minusválidos.

Son 123 metros cuadrados de construcción en los que hay no solo ahorro económico con la participación de la comunidad, sino un concepto arquitectónico que invita a la reflexión: no se trata de que los minusválidos sobrevivan con limitaciones dentro de una “normalidad” extraña e injusta, sino que se construya una normalidad propia.
El País

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