Domingo 27 de julio del 2003 Absurdos cotidianos

Encuentro de la Fe y la Rutina

RUBÉN DARÍO BUITRÓN

Cuando empieza la ruta por el extenso pasillo ha llegado el momento de decir que es mejor que las cosas sucedan ya, pero también el momento de saber que toda decisión se vuelve irreversible y quizás hubiera sido mejor aplazar la intervención quirúrgica.

La camilla, empujada por un aséptico hombre vestido de verde, atraviesa lenta y pesadamente uno, dos, tres accesos, cuyos ojos electrónicos ordenan que se abran y cierren las gruesas puertas dobles.

El pasillo puede ser un camino sin retorno. O el principio de una espera sin fin. O la imperceptible frontera entre una preocupación efímera y un dolor inconmensurable.

El hombre vestido de verde comenta algo así como “qué día este, cuántos pacientes”, pero parece decirlo por compromiso, como una fórmula para llenar el largo vacío que en el camino va dejando la hermética actitud de la persona enferma y la tensa incertidumbre del familiar que la acompaña.

Rebotan en las paredes y se multiplican los ecos de las palabras sin respuesta del hombre vestido de verde, mientras la paciente y el familiar, tan conectados entre sí cuando se toman la mano para darse fuerza, piensan en lo único que se puede pensar ahora: el encuentro inesperado de la vida con la muerte, dos líneas paralelas y al mismo tiempo entrecruzadas.

Quizás haya visto tantas veces esta escena el hombre vestido de verde. Y tantas veces se habrá sentido obligado a decir, con monotonía, que no hay que preocuparse, que en este hospital todo es seguro, que los médicos son muy profesionales. Una encrucijada convertida en rutina. Un acertijo y un misterio que a él hace tiempo dejó de interesarle descifrar pero que, justamente, empieza a golpear al familiar que decidió permanecer junto a la paciente en el quirófano.

Allá lejos, en la sala de espera, otros parientes de la persona enferma despliegan sus cábalas, ruegos y plegarias. Son las herramientas para construir una coraza que los proteja de los mitos, los prejuicios, las supersticiones, las vibraciones negativas.

Los comentarios, entrecortados y casi torpes, giran alrededor de las pocas palabras que minutos antes pudieron escuchar del cirujano: se prevé que la operación dure  unos veinte minutos, talvez treinta. No más. Según él, se trata de una intervención muy sencilla y puntual. Nada que temer.

Uno de los parientes contiene sus lágrimas porque no quiere contagiar a los demás. Otro reza entre murmullos.

Otro se distancia del grupo, camina hacia una puerta cerrada en donde un letrero le recuerda que está en territorio prohibido (“Solo se permite el paso de personal médico especializado”) y vuelve a la sala de espera, mientras en su reloj mira el segundero que parece amenazarlo con detenerse y evitar que se cumpla el optimista cálculo del cirujano.

Cuando ha pasado la media hora, susurros y temores echan abajo la espera.

Todo puede venir este instante: la buena noticia de que la operación demoró un poco pero que, finalmente, se logró el objetivo. O la mala noticia de que la intervención se complicó. “Hay que tener fe”, murmura alguien, y todos parecen aferrarse a esa virtud tan intangible, tan frágil como este instante en  que puede abrirse una puerta, aparecer el aséptico hombre vestido de verde, mirar detenidamente al grupo y comunicar lo que tiene que comunicar.

Absurdos cotidianos

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