Tras cuatro meses de sostenida resistencia, la duda lo acorraló. En pocos segundos más empezaría el programa y tenía que decidir si debería resignarse a que lo arrastrara el oleaje masivo (era el tema de conversación diaria entre sus compañeros) o mantenerse firme aunque mañana, en el trabajo, las miradas de extrañeza y los gestos de desaprobación apuntaran hacia él.
Por hábito dominguero, esa noche tenía encendido el televisor (los noticiarios, los goles del campeonato, los programas de opinión). Abrió la ducha y volvió a la habitación en busca de una toalla. En el baño, el agua corría, intensamente, mientras él, toalla en mano, se sentó, curioso, frente a la pantalla.
A las 9h30 pm, la conductora abrió la escena con una suerte de fanfarria. El anuncio inverosímil: “Miles de personas en las calles de Guayaquil, Quito y Cuenca están a la expectativa del resultado final”.
Mientras se ponía de pie para ir con dirección al baño, vio, sorprendido, un paneo de cámara sobre el público ubicado frente a una pantalla gigante en el supermercado Santa Isabel, en La Garzota. Sí: eran cientos de personas, quizá miles.
En el lento camino a la ducha escuchó que algo parecido ocurría en la pista de bicicross, en Cuenca, y en las afueras del canal de televisión, en Quito.
Bajo el agua, mientras sentía una desconocida sensación de incertidumbre frente a lo que debía hacer, barajó un posible escenario: si se quedaba mirando el programa, ¿quién iba a enterarse? ¿Quién podría acusarlo por su falta de persistencia? ¿Quién podría inculparlo por dejarse derrotar, como la mayoría, por el hechizo de una realidad inventada?
Se vistió rápidamente. Mientras lo hacía, escuchó cuando la animadora decía algo así como “Damos el paso a Buenos Aires, Argentina, donde hace cuatro meses empezó este…”. Apagó el televisor.
Mientras conducía su auto y escuchaba la música de Barry White se percató de que las calles estaban casi desoladas. Muy poca gente a pie, escaso número de carros circulando. Quince minutos después, al llegar al Mall del Sol, observó que los parqueaderos se hallaban semivacíos.
Llegó al segundo nivel, dejó el auto y junto a la puerta, en el local donde venden DVDs, miró cómo la joven empleada desconectaba la señal para exhibir los DVDs y trataba dificultosamente de sintonizar el canal donde se pasaba el programa.
Fue un primer indicio: el hombre había ido a ver una película para estar fuera del ámbito de aquella extraña, omnipresente y misteriosa fuerza que casi lo obligaba a quedarse en casa y mirar el televisor, pero alguna sombra llegaba sobre él hasta el umbral del Mall y lo cubría de desconcierto.
Adentro, supo que aquel apacible ambiente solitario era inaudito. Los domingos, la ciudad bulliciosa y fatua se refugia en los centros comerciales. Pero aquella noche esa ciudad no estaba allí.
En la sala de cine, con 200 butacas, los 30 asistentes parecían estar ansiosos, desconcentrados. La película había empezado hacía diez o quince minutos, pero varias pantallas de celulares estaban en guardia. Cuando sonó algún pito y llegó el mensaje (“ganó el Lobo”) el susurro se multiplicó rápidamente. Entonces, en la oscuridad, el hombre supo que es inútil huir de lo inevitable.