El miedo llega sorpresivo, totalizador, contundente. Se agazapa y esconde detrás de la noche, pero está allí mimetizado, frío: en una esquina solitaria, bajo un semáforo inoportuno. Oculto atrás del carro de la víctima, en un automóvil envejecido y silencioso.
Sorprende. Atemoriza, intimida, amenaza, reduce. Como una ráfaga.
Exige la llave, rodea a la víctima, la empuja al asiento trasero, pone el duro cañón de una pistola sobre los ojos. Grita, advierte, da instrucciones. Es intenso, inacabable.
Afuera, en Urdesa, nadie se percata de que una persona ha sido secuestrada en su propio auto. O quizás sí. Pero cómo saberlo. Cómo pedir auxilio. La víctima no debe mirar a sus captores, no debe gritar. No hay escenario para la racionalidad.
Solo le está permitido hablar para decir dónde están los papeles, la matrícula, los permisos. Debe confesar si el auto tiene monitoreo electrónico o satelital.
Es un rehén, un prisionero, un sentenciado a morir por verdugos sin escrúpulos, implacables y crueles, con sus propias leyes y sus propias formas de condena.
El miedo se multiplica. Son varias voces, varias pistolas, varias amenazas simultáneas y agobiantes. La víctima siente que el auto se desliza a enorme velocidad por alguna vía sin semáforos. Le advierten otra vez que no debe alzar la cabeza y, peor, mirar a sus captores. Son las reglas, el ejercicio más puro de la paradoja: una inocencia que debe sentir culpa.
La víctima intenta comprender lo incomprensible. Intenta desechar la certeza de que mañana será noticia de crónica roja, de que su cadáver aparecerá, desnudo, a un costado de la vía Perimetral.
Seis vehículos diarios roban en Guayaquil, había leído esa mañana en el periódico. Pero cómo iba a imaginar que uno de los seis de este día sería el suyo. Cómo sabría en qué esquina lo esperaría la muerte, cómo evitar segundos antes todo lo que está ocurriendo ahora, cómo regresar el tiempo cual si fuera una grabadora de cintas, se aplasta un botón y listo, volver a empezar, no pasó nada.
El tiempo, ese tigre irrefrenable, se acaba. O, al menos, parece acabarse. El auto pierde velocidad. Una de las voces se alza sobre las otras. Pide silencio. La víctima no puede ver a quien dice: “Panita, no vamos a matarlo.
Simplemente vamos a hacer un trabajito esta noche y mañana, a las 8 en punto, su carro aparecerá donde lo cogimos”.
El auto se detiene. Habla otra voz, más agresiva y rápida: “Bájate, carajo, y cuidado con avisar a la Policía. Ya te dijimos que mañana aparecerá tu carro”.
La víctima obedece. Se da cuenta de que está cerca del estadio de Barcelona. De espaldas al auto, como le ordenaron, empieza a caminar percibiendo cada segundo como si estuviese viviendo un tiempo extra. Siente, o cree, que lo están apuntando. Le estremece pensar que el disparo está a punto de producirse. En medio del terror solo percibe el sonido de la noche vacía.
Entonces escucha que se enciende el motor, que el vehículo se aleja. Y aquella promesa de que no iban a matarla se convierte para la víctima en una terrible ironía: mientras camina siente un alivio inmenso, pero tiene ganas, insólitas, de llorar y agradecer para siempre a sus verdugos.