jueves 10 de julio del 2003 Columnistas

Un sueño inconcluso


Sí, sueño inconcluso fue el de Simón Bolívar sobre una América Latina unida. Y no se puede afirmar que él haya sido el único en soñarlo. En cambio puede afirmarse que él fue de los primeros en señalarlo.

Hoy no es un sueño sino una necesidad de los pueblos de esta parte del continente. ¿Hay que justificarlo esgrimiendo muchas razones? No lo pienso así, porque unas evidencias están frente a nosotros y son de índole exterior como de circunstancias propias.

El proceso globalizador no tiende a ser una convergencia de naciones, sino de bloques con propósitos ciertos y políticas propias que, quizá, debatirán en los planos económicos o militares una supremacía de poder. En principio se establecerían tres bloques o zonas de dominio: los Estados Unidos serían el primero de ellos; Europa es, al momento, el segundo; mientras China-Japón constituirían el tercero. África sería área de disputa de influencias y, tal vez, las ventajas se inclinarían hacia las antiguas metrópolis colonialistas. Los estados hispanoparlantes y Brasil estarían condenados a permanecer como espacios traseros y graneros de reserva de los Estados Unidos.

Pero ese no es ni puede ser un destino, como tampoco lo es mantener un fraccionamiento que en los orígenes de nuestras repúblicas solo tuvo como base lo que Europa central y occidental vivió durante la época del medioevo: regímenes localistas de caudillos y tiranuelos sin percepción ni sentido de una historia que no fuera la de coyuntura. Si fue así hace ya casi doscientos años, no hay en este presente ningún motivo real para que continúe siéndolo.

Unirnos, integrar una confederación –o como quiera llamársela– de pueblos latinoamericanos es una acción y decisión que debemos asumir sin por eso violentar nuestro pasado, pues lo ya señalado de caudillos y tiranuelos fue un accidente gravoso, cierto, antes que una verdad que nos correspondiera.

Tenemos en común lo que otros pueblos no tuvieron ni tienen, e incluyo en este orden a Estados Unidos: unos orígenes históricos sólidos, una cultura que se nutre al menos de dos componentes marcados: lo aborigen del ancestro y paradojalmente lo unitario que impuso el conquistador europeo (la lengua, costumbres, un mestizaje, etc.), un recorrido en el tiempo que es paralelo, una liberación del colonialismo que fue de modo igual parecida.

Si a esto se agrega que los problemas de actualidad son casi similares en nuestros países, ¿cómo, entonces, no pensar que están dados –en verdad siempre lo estuvieron, salvo en el capítulo de las personales ambiciones de los gobernantes de ocasión y sus secuaces– las condiciones para conformar una gran y monolítica federación latinoamericana de pueblos?
Un sueño puede ser aspiración y esperanza a las que rechaza el peso de una realidad y no solo de su apariencia. En el presente caso es necesidad puntual y hasta diría el destino al que hemos querido burlar por sinrazones o irracionalidad política. Al recordárnoslo el Presidente de Brasil no ha hecho otra cosa que pedirnos mirar dentro de historia y tiempo, dentro del presente y hacia el futuro. Pues, esa unión no será contra los Estados Unidos, como algunos podrían pensar, o contra una Europa unida, sino a favor de nosotros mismos, de una identidad, cultura, afirmación histórica y defensa de intereses propios.

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