Lunes 07 de julio del 2003 Migración

Desencanto ecuatoriano en Nueva York y Madrid

Dos ciudades que esconden problemas que ensombrecen los sueños del emigrante.

Tanto esfuerzo ¿para qué? Esa es una pregunta que, escuchando la historia de Miguel Urgilés, un azogueño de 40 años, salta enseguida.

Él consiguió el “sueño americano”. O lo que él consideraba que era sueño. Porque estar en Nueva York, y no tener trabajo, como le pasa a él, ahora es su pesadilla.

Le pagó 7.000 dólares a un coyote y en la Capital del mundo no tiene trabajo fijo, por lo que debe engrosar la lista de  jornaleros que se ubican en distintas zonas de la ciudad a esperar que lo  escojan para un trabajo eventual.

La situación de miles de inmigrantes ecuatorianos es similar, según organizaciones especializadas y por lo que se puede observar cuando se recorre y se habla con los ecuatorianos que viven en Nueva York.

La crisis económica de la ciudad luego de los atentados del 11 de septiembre, el aumento de sanciones económicas e impuestos por el nuevo Alcalde, Michael Bloomberg, son dos situaciones que  incomodan a los ecuatorianos, sobre todo a los indocumentados.

Según Óscar Paredes, Director ejecutivo del Proyecto de los Trabajadores Latinoamericanos, una ONG que ayuda a organizar a los jornaleros en Nueva York, luego de los atentados hay más de 2 500.000 personas desempleadas, Y los más afectados son los trabajadores de bajos ingresos económicos, una gran proporción de ellos latinos.

A partir del desempleo que enfrentan muchos de los ecuatorianos en Nueva York se presenta un fenómeno: la disminución de remesas hacia el Ecuador. Varios nacionales consultados aseguran que ahora envían menos dinero que antes. Algo que lo ratifica Gloria Pérez, Supervisora del courier Delgado Travel de Nueva York, quien habla de una disminución de los montos, pero no de los clientes.

Del otro lado del Atlántico, en Madrid, el otro destino preferido por los ecuatorianos que emigran, también hay problemas para conseguir empleo porque el mercado parece saturado, sobre todo en el área de servicio doméstico al que apuntan las mujeres.  Pero en esa lucha por sobrevivir  en un país ajeno, se han presentado situaciones que enfrentan a los nacionales.

La mayoría de los inmigrantes ecuatorianos subarrienda porque no cuenta con residencia ni con el dinero suficiente para pagar un depósito ni cumple ciertos requisitos para firmar, directamente, un contrato con el propietario de una vivienda, como garantías bancarias. 

Entre los que sí tienen esas posibilidades hay quienes se han dedicado a subarrendar a sus compatriotas espacios en departamentos: habitaciones o el puesto en una cama.  El alto costo y las incómodas condiciones por la sobreocupación de esos sitios han motivado el malestar en muchos.

Casi todos los que llegan a Madrid, viven durante los primeros meses en la incomodidad del hacinamiento.

A la hora de conseguir un trabajo, quienes no cuentan con la regularización de su residencia aceptan condiciones de pago de quien los contrata por debajo de las que manda el mercado. 

Saben que es algo que deben asumir por su condición de indocumentados, y que no pueden reclamar derechos laborales, pero sienten un malestar especial cuando quien los contrata y los explota es, precisamente, un compatriota.

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