Domingo 06 de julio del 2003 Absurdos cotidianos

Largo viaje Corto

Rubén Darío Buitrón

¿Un viaje Guayaquil-Quito? Lo más barato, pero complicado, es en bus: generalmente resulta incómodo, demora entre nueve y diez horas, la tecnocumbia que te obligan a escuchar todo el trayecto resulta insoportable y nadie puede estar seguro de que las carreteras escondan alguna mala sorpresa.

Menos barato y más cómodo, pero agotador y arriesgado, ir en auto propio: tarda entre cinco y seis horas y todo depende de la velocidad promedio a la que aplastes el acelerador –aunque también de que en el camino no se te venga encima ningún chofer irresponsable–.

Más caro pero más seguro –lo dicen las estadísticas–, es por avión. Se llega en apenas 45 minutos. 

Aparentemente, la mejor opción: rápida y sencilla.

Analicémosla, entonces. Si debes estar en el aeropuerto con al menos una hora de anticipación, según lo disponen las normas internacionales de la aviación comercial, y a ese una hora sumamos los 45 minutos, el viaje Guayaquil-Quito dura una hora con 45 minutos.

Ahora bien, si en realidad quieres llegar al aeropuerto 60 minutos antes de la hora prevista para el despegue –supongamos que es a las 08h00, así que es obligatorio estar antes de las 07h00 en la fila de pasajeros que tienen sus boletos reservados– debes salir de casa al menos a las 06h30 (la ciudad es grande, las distancias son largas, a esa hora las calles y avenidas se congestionan…).

Entonces, seguimos sumando: de 06h30 a 08h45, hora prevista para aterrizar en Quito, ya no hay una hora y 45 minutos, sino dos horas con 15 minutos.

Pero es posible que a las 07h00 en punto en el aeropuerto encuentres –por decir un número– seis personas que han llegado antes que tú, más o menos entre las 06h45 y 06h59. Y como no te gusta hacer fila ni esperar demasiado, es mejor salir de tu casa máximo a las 06h15, con lo cual el tiempo total del viaje Guayaquil-Quito subirá a dos horas con 30 minutos.  

En la fila, que no se mueve aunque ya son las 07h00, empiezas a desesperar. No tienes razón para hacerlo, sin embargo, quién te quita aquella angustia sutil pero persistente que te produce observar que el resto de la gente toma las cosas con demasiada calma, sin apuros, como si no tuviera ninguna urgencia.

Finalmente, 6 minutos después, tienes en las manos el boleto chequeado. Te diriges a la sala de preembarque. Te sirves un café negro, te acomodas en una butaca.

Como todavía es temprano, te dedicas a planificar, mentalmente, el resto de tiempo que te queda en el día, pero las cifras vuelven a agobiarte: al llegar a Quito también deberás buscar un taxi, decir al conductor la dirección precisa, preguntar más o menos en qué tiempo se puede arribar al lugar de la cita y recibir una respuesta obvia: una media hora, por lo menos (la ciudad es grande, las distancias son largas, a esa hora las calles y avenidas se congestionan…).

Entonces llegas a la conclusión que desde tu casa en Guayaquil hasta el lugar de la cita en Quito vas a demorar tres horas. Y dos horas más para la cita, cinco. Dos más para buscar un restaurante y comer, siete. Tres más hasta volver a casa hoy mismo, diez…

Sin contar con lo que nunca quieres oír pero escuchas con demasiada frecuencia por los altavoces del aeropuerto: “Señores pasajeros, la aerolínea les pide paciencia porque el vuelo está demorado”. Once o doce horas, o lo poco que te queda del día...

Absurdos cotidianos

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.