Viernes 04 de julio del 2003 El Gran Guayaquil

Rumichaca, la calle que tiene un negocio a cada paso

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El vértigo y la vida de una calle inagotable. Rumichaca es una de las máximas expresiones del dinamismo y comercio que caracterizan a Guayaquil.

Colchones, ferreterías, muebles, zapatos, toldos, uniformes, marcos y carteles. Esta vía tiene la esencia de una ciudad que vive del comercio.

Rumichaca y Colón, la fiel muestra de lo que es la vitalidad comercial de Guayaquil, cada recodo de la acera, cada espacio en los portales de los edificios circundantes tiene olor a dinamismo, a “cómpreme esto”, “pago tanto”, o a “entre nomás, mire sin compromiso”.

La ruta por la incansable Rumichaca se inicia en esa esquina, entre seis pequeños puestos donde se colocan marcos a todo lo que sea enmarcable, desde imágenes del Divino Niño hasta pósters del Che Guevara.

Oswaldo Labando tiene su puesto unos metros más al norte, por Rumichaca, lleva 19 de sus 34 años en el mismo lugar y se ha tecnificado, ahora tiene sierra de precisión y un tornillo de banco, para que los marcos “queden precisos”.

Pero los trabajos de los marquistas se pierden entre los grandes almacenes de colchones. Son tres cuadras completas en que las camas dominan a cada lado de la calle. Hace 20 años se vendían solo muebles, pero todo cambió y ahora son los colchones los que llenan  las vitrinas.

Al llegar a la esquina de Sucre, la acera sur muestra 25 postes convertidos en estanterías con zapatos por doquier. Ofrecen calzado que tiene etiquetas de marcas internacionales, aunque la confección es local. 

El día de estos comerciantes pasa entre las ofertas y el continuo limpiar de los 352 zapatos que rodean cada poste, una tenaz lucha para no ser víctimas del polvo que levantan 20 líneas de buses que por allí transitan.

En las esquinas de Rumichaca con Diez de Agosto y Clemente Ballén hay decenas de vendedores de toldos. Mil formas de luchar contra los mosquitos tienen estos comercios, que cambian camaleónicamente en invierno por la venta de uniformes escolares, según lo cuenta Víctor Alvarado, quien ha permanecido 28 años entre ambos negocios, pero dice que hay puestos que tienen mucho más tiempo allí.

En Clemente Ballén los almacenes de colchones dieron paso a las ferreterías, que extienden sus posesiones hasta Vélez,  cada vez más especializadas en plomería, electricidad o herramientas para la construcción.

En Aguirre hay dos puestos singulares, uno con revistas antiguas, para que los estudiantes que no tengan de dónde recortar sus trabajos encuentren algo adecuado, y otro con discos de vinil, en el que Rafael Reinoso Padilla ha permanecido más de 40 años sirviendo a todos aquellos que se aferran a la nostalgia y que se niegan a aceptar el sonido de los ‘cedés’ (CD).

En la esquina noroeste de Aguirre hay casi 30 plomeros a la espera de algún ‘cachuelito’ que salve el día, mientras disfrutan de un guatallarín, o un encebollado en balde, que Juan Torres deja a 40 o 60 centavos, según la cantidad de atún que lleve el plato.

Entre Luque y Vélez, con las grandes ferreterías, hay una lucha por subsistir de los pequeños informales que sobre cajas y tablones ofrecen breakers, repuestos de licuadoras, enchufes e interruptores, mientras que seis artistas gráficos realizan “letreros metálicos, acrílicos y trabajo en alto relieve”, con una dedicación inimitable, porque no se distraen de sus labores ni siquiera con el sonar de las bocinas que aturden en los tres carriles de la calle.

La noche llega, los puestos cierran y se hace el silencio. Con la oscuridad, algunas mujeres que alquilan su amor caminan cadenciosamente para resaltar sus encantos, mientras la calle duerme.

El Gran Guayaquil

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