Las causas de la matanza de 26 indígenas taromenane, ocurrida el pasado 26 de mayo, serían la venganza o por intereses de empresas madereras que operan en la zona y que pagaron el asesinato.
“Fuimos a cumplir una promesa. A vengar por nuestros familiares muertos”, dijo el pasado lunes Tiri Omaca, huaorani de 40 años, de la comunidad de Bataburo, que participó en la matanza.
Sin embargo, el guía nativo, Héctor Vargas, dijo que en una conversación con un guerrero del Tigïino, el mismo día del crimen, este reveló que el móvil del crimen se debió al pedido de los madereros y que fue planificado con al menos dos semanas de anticipación.
Vargas señaló que por su trabajo conoce que en el área del suceso existe la intromisión reiterada de madereros, que en lo que va del año han sacado más de 300 árboles de cedro de esta área, para llevarlos hasta Colombia.
Agregó que en la conversación conoció que por cada árbol los madereros pagan a la gente de Tigüino un dólar. Muchas veces un guerrero huaorani identificado como Babe, que habría ordenado el crimen, es quien cobra estos valores.
Negocio productivo
Indicó que el negocio de la madera es muy productivo pues se manejan de 1 a 2 millones de dólares anuales. “Los madereros por temor a estos grupos que estaban dispersos en estado primitivo nunca se introducían más allá del río Tigüino, pero en los últimos meses habían llegado a la población de Babeno, a una hora de Shell, cerca de la zona intangible de los tagaeri y taromenane”, anotó.
El guía dijo que las piezas de madera tienen que pasar por tres controles militares antes de llegar a Colombia, empezando por el Tigüino, luego por Coca y finalmente Santa Cecilia para entrar por Putumayo; “lo sorprendente es que logran pasar estos controles”, enfatizó Vargas.
A través de una conversación en el idioma huao con un viejo huaorani, habitante de Tigüino, conoció que ellos nunca van a decir que los madereros les pagaron para matar y que simplemente van a aparentar que se trata de una venganza entre clanes.