La semana pasada analizaba los comentarios de LeShan comparando la meditación con la gimnasia, explicando que aunque parezca absurdo levantar pesos, en verdad el objetivo no está en el peso en sí, sino en el bienestar que sentimos después. En el caso de la meditación, el objetivo tampoco está en quedarse inmóvil, atento a la forma de respirar, sino en adquirir una nueva percepción de la realidad.
¿Será realmente importante esta nueva percepción?
LeShan concuerda en que es un problema realmente complejo. Por un lado podemos operar de forma muy eficiente en este mundo, tal como lo conocemos; por otro, sabemos que un considerable número de personas dignas de confianza, como Gandhi, Teresa de Ávila o Buda procuraban percibir esa realidad de manera distinta, y eso fue lo que les impulsó a dar pasos gigantescos, a cambiar el destino de la humanidad.
Así como en la gimnasia un buen profesor siempre tiene ejercicios diferentes para cada tipo de alumno, tampoco existe una técnica única para meditar, y cualquier persona que se interese por el tema debe descubrir su propia manera de hacerlo. Sin embargo, existen algunos pasos elementales presentes en casi todas las religiones y culturas que usan la meditación como forma de encontrar la paz interior y que describiré a continuación (siempre tomando como base el interesantísimo libro de LeShan El arte de meditar):
Lo primero es tener conciencia de la propia respiración. Contar el número de veces que inspiramos y expiramos cada dos minutos nos ayuda a concentrar nuestra atención en algo que hacemos automáticamente y de esta manera nos aleja de lo cotidiano. A primera vista esto parece muy simple, pero no podemos dejarnos engañar por esta simplicidad: quien decida practicar este ejercicio se dará cuenta que requiere un esfuerzo considerable y una gran dosis de paciencia. No obstante, a medida que hacemos eso (y podemos practicar esa respiración consciente en cualquier lugar, sea antes de dormir sea en un transporte público yendo hacia el trabajo) vamos entrando en contacto con una parte desconocida de nosotros mismos, y nos sentimos mejor.
Elegir el lugar: la próxima etapa será tratar de dedicar diez o quince minutos diarios a sentarnos en un lugar tranquilo y repetir esta respiración consciente, procurando mantenernos inmóviles (a ejemplo de los monjes zen, como ya relatamos aquí). Los pensamientos surgirán, aun contra nuestra voluntad y en ese momento es bueno recordar la frase de Santa Teresa de Ávila referida a nuestra mente: “un caballo salvaje va a cualquier lugar excepto a donde deseamos llevarlo”.
Silenciar sin violencia: Finalmente, con el paso del tiempo –es bueno saber que esto requiere un mínimo de dos o tres meses de ejercicio– la mente ya se vacía de manera natural, trayendo una gran serenidad a nuestro vivir cotidiano. Por mayores que parezcan nuestros problemas, por más agotadora que sea nuestra vida, estos quince minutos diarios introducirán una gran diferencia y nos ayudarán a superar –generalmente de manera inconsciente– las dificultades que enfrentamos.
Una conocida historia zen cuenta que Lao Shi preguntó a su maestro Wang Tei:
– ¿Qué debo hacer para estar más cerca de Dios?
Wang Tei le pidió que lo acompañara hasta lo alto de una montaña. Allí sacó una vela del bolsillo y se la dio a su discípulo para que la encendiese. Lao Shi lo intentó varias veces sin resultado.
– Aquí hay mucho viento, no lo conseguiré.
– Pero a tres kilómetros de aquí ya no hay viento.
– ¿De qué me serviría? Tendría que caminar hasta allí para encender la vela donde no haya viento.
– De la misma manera, para educar la mente e iluminar la llama de Dios dentro de ti, es necesario dirigirse hasta un lugar más calmo –respondió Wang Tei.
Sea buscando a Dios, sea apenas buscándose a sí mismo, el hombre que medita encuentra su lugar calmo y consigue tener una visión más clara y objetiva del mundo.