Domingo 11 de mayo del 2003 El Gran Guayaquil

Las cualidades del buen pastor

LUIS MARTÍNEZ DE VELASCO

Dios y yo

Usted, probablemente sí. Por la mayoría poco sabe de pastores y rebaños. Mas los contemporáneos de Jesús, de ovejas lo sabían casi todo. No solo por pertenecer a un pueblo que se había dedicado al pastoreo desde siempre; también porque los grandes personajes de la Biblia (Abraham, Isaac, Jacob, David y algunos de los profetas) habían ejercido ese trabajo. Además, a poco que vivieran sus creencias, sabían que el Mesías, según profetizó Ezequiel, vendría como Pastor único y definitivo para el pueblo y para todo el mundo.

Con toda esta cultura ovina, se comprende que Jesús aprovechara la gran concentración de gente propia de la fiesta de los Tabernáculos, para exponernos una de sus enseñanzas más hermosas, conexa con la cercanía de su sacrificio redentor: la alegoría del buen pastor.

Recurriendo a su llegar tranquilamente por la puerta (una puerta que es Jesús) nos enseña la primera condición del buen pastor: la fidelidad a la doctrina de la Iglesia. Quien no la tiene, lo dice el evangelio, es un ladrón y salteador.

Apoyándose en que llama a las ovejas por su nombre, nos explica que, para el pastor de veras, las ovejas nunca son objetos; que le interesa cada una en sí (con sus defectos y sus cualidades) y por no por lo que le reportan de ganancia personal.

Mencionando su marchar delante de ellas, nos hace ver que el buen pastor abunda en las virtudes que el rebaño necesita: humildad, sabiduría, serenidad, fortaleza, paciencia, lealtad, etc. Y nos indica que por eso las ovejas, la inmensa mayoría del rebaño, le siguen encantadas.

He dicho que la inmensa mayoría sigue alegremente al buen pastor porque, de hecho, no faltan en ningún rebaño ovejas que se quedan engolosinadas con algún verdor. El pastor, si de verdad es bueno, ¿qué hace entonces? La silba cariñosamente. ¿Y si la oveja no escucha? Pues le lanza una piedra, o le arroja el cayado, o le manda al perro fiel que la despierte. Lo que el buen pastor no hace es ignorarla. Su misión es evitar su perdición.

Por eso, cuando viene el enemigo del rebaño –al revés del mercenario, que se pone a salvo porque solo se preocupa de lo suyo– el buen pastor lo enfrenta. Y si es preciso, muere defendiendo a las ovejas.

En el evangelio que se lee hoy, Jesús destaca esta señal suprema del servicio pastoral al definirse a sí mismo: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas” (Cf. Juan 10, 11-18).

Lo que Jesús quiso en directo fue anunciar su muerte. Pero también quiso decirnos que quien tiene a su cuidado otras personas (padre o madre de familia, maestro, gobernante o sacerdote) debe estar dispuesto a dar su vida por ellas. No tanto la corporal como la del aplauso y de la popularidad. Si no, no es buen pastor.


Coincide este domingo con el Día de la Madre. ¡Cuánto sufren las mamás al corregir a un hijo o una hija! Pero como el amor las mueve, no dejan de advertir lo que anda mal. En cierto modo son el buen pastor. Por eso, entre otras muchas cosas, se merecen nuestra gratitud. Para ellas mi homenaje y mi oración.
El Gran Guayaquil

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