Con su frente arrugada, Andrés Sánchez Morocho desafía sus 75 años para realizar sus trabajos agrícolas. Dice que toda su vida fue de sacrificios y por eso “está aún duro”. Afirma ser uno de los sobrevivientes del frío del cerro Matanga, al este de Sígsig.
Hasta la década de 1960, centenares de azuayos hacían sus travesías a pie o en mulares hacia Zamora, por un sendero que une a Sígsig con Gualaquiza. Esta ruta cruzaba el cerro Matanga, una elevación que está sobre los 5.000 m.
Andrés menciona que la caminata demoraba tres días. Viajaban los arrieros que en sus mulares traían a Azuay oro de Nambija, trago de Zamora y otros productos. También se aventuraban algunos políticos de la época, monjas y curas.
En el Matanga “la lluvia chicoteaba de lado a lado, el viento soplaba fuerte y los mulares se caían. Ahí, al no poder avanzar murieron muchos arrieros”, cuenta Sánchez.
Recuerda que uno de sus vecinos, Clisorto Placencia, falleció cuando juntos hacían una travesía.
“Tuvimos que traer el cadáver en una mula, amarrado en el lomo”, cuenta. Ángel reside en la comunidad Shushu, de donde eran originarios algunos arrieros.
Además del frío del Matanga, los arrieros y caminantes también morían deshidratados y por ingerir comidas descompuestas.
En la actualidad, la carretera Sígsig-Gualaquiza, llena de baches, cruza por el cerro Matanga. De las incontadas víctimas del frío no hay ni una cruz, solo recuerdos.