Domingo 06 de abril del 2003 El País

Cuicocha, volcán-laguna de los misterios

José Olmos | COTACACHI, IMBABURA

En sus riberas, los antepasados ofrecían las ofrendas a su dios Sol. Hoy es atractivo turístico.

Fue hace dos meses, a las 11h30 de un miércoles. El sonido similar al aterrizaje de un avión retumbó en el volcán-laguna Cuicocha y su eco se extendió por las montañas circundantes. Patricio Chicaiza, guía, y una decena de turistas vieron un remolino que hacía elevar un gran chorro de agua hasta 40 metros. El suceso demoró alrededor de 25 minutos y todo quedó en absoluto silencio.

“Era bonito y feo. Uno se estremecía al ver que el agua se levantaba y daba miedo que pasara algo malo. Los turistas incluso filmaron y tomaron fotos, pero no sé si lograron revelarlas”, reseña Patricio, quien labora para la empresa de economía mixta Tucuicem, que mantiene una hostería y alquila botes en la ribera sur.

Este acontecimiento, supuestamente real, se sumó a la larga lista de leyendas, misterios y casos insólitos que –se atribuyen– se dan en el hoy atractivo turístico de Cuicocha, al occidente de Cotacachi, en Imbabura.

Reseñas de científicos dan cuenta que hace unos tres mil años se produjo una violenta erupción volcánica. La expulsión del material dejó un gran cráter donde se hundió la cima y dio paso a la formación de la laguna.

La sabiduría popular le da otro origen. El volcán era hijo del Rucu (viejo) Pichincha y del Cotacachi o Huarmi Huasi (cerro hembra). Un día se pelearon las dos montañas y el padre se llevó al hijo (se dice que es el Guagua Pichincha) que estaba junto a su madre. En el sitio solo quedó un hueco que después se transformó en una laguna por las lágrimas de la progenitora.

Hoy, el Cotacachi, ubicado al norte de Cuicocha, tiene una estructura que deja ver un rostro humano que mira hacia el lugar donde estaba su vástago. Esa forma es mucho más visible en épocas en que está cubierto de nieve.

A sus plantas está el volcán-laguna. Llegar al sitio es como ingresar a una antesala de las entrañas de la tierra. Asusta pero se siente una atracción estremecedora. A una altitud de 3.068 metros sobre el nivel del mar, Cuicocha es como un tazón rodeado de montañas. En medio de las aguas verdosas existen dos islotes, bautizados como Teodoro Wolf y Yerovi.

El nombre de Cuicocha en lenguaje kichwa significa laguna de los cuyes, porque los incas depositaron estos animales en los islotes, relata Eduardo Chávez, guía y uno de los motoristas de las lanchas turísticas. Además existe la leyenda del cuy dorado, que menciona que la primera persona que lo veía se volvía rico y la segunda se transformaba en un pato. Quizás por eso actualmente hay decenas de estas aves que nadan plácidamente en el espejo de agua.

Con Chávez nos internamos en el corazón de la laguna y empezamos a escudriñar sus leyendas y otros hechos misteriosos. En el lado norte de los islotes está el sitio de las burbujas. Los borbotones se abren paso entre las algas amarillentas y dejan escuchar su lenguaje.

“Aquí el agua es más azufrada y caliente en relación con el resto de la laguna, tiene temperaturas promedio de 17° C”, detalla el guía.

De pronto el viento sopla fuerte. Parece normal para una zona montañosa, pero el guía se apresura a aclarar: “En verano, los vientos corren de Norte a Sur, pero cuando va a llover o hay gente extraña, va de Suroeste a Noreste”. Esa es la dirección de la ventisca que hace mover el bote.

“De por sí, toda laguna tiene sus misterios y eran consideradas como diosas de los antepasados, pero esta es muy brava”, dice Chávez.

Un grupo de jóvenes, comandados por José María Yerovi (nacido en 1824), salió de excursión sin permiso de sus padres. En la laguna se presentaron una espesa neblina y un ventarrón de los que se salvaron de milagro. José María prometió cambiar, después se convirtió en sacerdote y llegó a ser obispo de Quito. Uno de los islotes lleva su nombre.

El guía Chávez afirma no temer a la laguna, pero confiesa que hace una década llegó con una chica al anochecer y escuchó gritos y sonidos extraños. “Muchas personas dicen oír lo mismo, pero yo ya perdí el miedo y ahora paso las noches aquí y no sucede nada”.

Las voces se atribuyen a los desaparecidos, menciona Eduardo. Hace 40 años, un tractorista que abría una vía cerca al paradero actual se cayó al agua con la máquina. Su cuerpo no se halló pese al trabajo de buzos. Tampoco se encontraron los restos de un taxista y su hija; de una pareja de enamorados y al menos otras tres personas que desaparecieron en estas aguas.

“Dicen que la laguna no tiene fondo”, señala Chávez, quien conoce de relatos de personas que vieron una sirena o una ciudad antigua en el sector Chimbalí, en la parte norte del reservorio. El viento calma y el motorista acelera para que el bote continúe su recorrido y la laguna siga en paz con sus leyendas.
El País

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