Domingo 30 de marzo del 2003 Ciencia y Tecnología

El cerebro, una constante sorpresa

El estímulo al cerebro en los primeros años de vida es más importante de lo que se creía. Se ha demostrado que la parte primitiva guarda recuerdos que pueden marcar nuestra personalidad.

La brújula magnética que le mostró su padre fascinó al pequeño Albert, quien solo tenía 4 años. Ese instante mágico significó el inicio de la Teoría de la Relatividad. Albert Einstein, el niño, quedó marcado por ese momento. Y dedicó su vida a desentrañar los misterios del universo a través de la ciencia.

¿Por qué el pequeño Albert se interesó tanto en la brújula y en los misterios que ella representaba al punto de consagrar su vida al estudio?
Los últimos avances de la neurociencia nos permiten responder a esta pregunta: lo más probable es que en el instante en que recibió el estímulo visual una parte del cerebro del niño activó un “resorte emocional” que grabó en la memoria esa imagen.

Irónicamente, la parte del cerebro que acciona ese “resorte” es la parte “primitiva”, la que movió a nuestros antepasados a responder frente a los instintos básicos de la supervivencia: el deseo sexual, la búsqueda de comida y la respuesta agresiva.

El cerebro humano está formado por zonas distintas que evolucionaron en diferentes etapas. Cada nueva zona que se iba formando se superponía sobre la anterior. Así es como conservamos el llamado “cerebro reptil” -que surgió hace unos 200 millones de años- debajo del neocórtex. Este último es el cerebro racional de los mamíferos superiores y cuando apareció hace cien millones de años significó un salto cualitativo hacia la evolución.

Las últimas investigaciones rescatan el papel del cerebro primitivo en el aprendizaje y la memoria.

“Aún tenemos estructuras cerebrales muy parecidas a las del caballo y el cocodrilo”, dice el neurofisiólogo Paul MacLean, del Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos.

“Esa mente primitiva que, según pensábamos era solo una base anatómica, tiene un rol increíblemente importante en los conceptos humanos más altos”, indica Houman Javedan, biólogo y médico ecuatoriano de origen iraní, con estudios en Harvard (Estados Unidos) y Edimburgo (Reino Unido).

Uno de los principales hallazgos en el tema es el papel del sistema límbico, un conjunto de estructuras que comprenden una porción del cerebro situada inmediatamente debajo de la corteza cerebral.

Para ponerlo en términos simples, manifiesta Javedan, el sistema límbico decide qué información queda grabada en el cerebro, su función está relacionada con las respuestas emocionales, el aprendizaje y la memoria. El hecho de ser como somos depende en gran medida de este sistema.

Este descubrimiento científico es fundamental para los educadores y los padres: un ambiente emocional seguro y estimulante permite que el “resorte emocional” active la memoria de los niños.

Javedan participó en una conferencia sobre el funcionamiento del cerebro y el aprendizaje junto con Cornell Menking, profesor de Educación de la Universidad San Francisco de Quito.

Para Menking, es clave comprender que el pequeño necesita estímulos desde temprano. “Pensamos que en los primeros años de vida el niño solo debe jugar y después empieza a aprender. Pero es durante los primeros años cuando el cerebro se forma para aprender: los seis primeros meses de vida se desarrolla la capacidad de descifrar los sistemas simbólicos, es decir, los lenguajes”.

Mantener a los niños frente al televisor los condena a una actitud pasiva que les impide desarrollar su potencial. “La actividad del cerebro es continua, pero en los primeros años la capacidad es infinita. Si no se aprovecha su potencial en el tiempo adecuado se pierde”, dice Menking.

La conclusión es que estimular al cerebro lo capacita para un mejor funcionamiento futuro. Pero es una paradoja que la neurociencia haya llegado tan lejos para comprobar los postulados que muchos buenos educadores aplican por sentido común.
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