Domingo 02 de febrero del 2003 Libros

José de la Cuadra, según sus hijos

Editora | Clara Medina

Era un hombre de carácter fuerte, que gustaba del tango y la música nacional. Vestía de blanco y caminaba despacio.

Cada mediodía, cuando el escritor guayaquileño José Vicente de la Cuadra Vargas volvía a casa, luego de la jornada matinal en su estudio jurídico, se ponía una pijama, almorzaba e ingresaba a su biblioteca, donde tenía una hamaca.

Recostado en ella, creaba mentalmente historias para sus libros, que recitaba en voz alta, algunas veces en presencia de sus tres hijos y siempre con la compañía de su gato.

Inés María Núñez del Arco, su esposa, tomaba apuntes, y el autor de Los Sangurimas los transcribía a máquina en las noches, cuando retornaba otra vez a casa. Pero los actos culturales a los que solía asistir, o las  reuniones con los amigos del Grupo de Guayaquil, alteraban la rutina del joven autor, a quien hoy se considera el padre del relato ecuatoriano.

La máquina, de letra manuscrita, que usó De la Cuadra y con la cual escribió obras célebres de la literatura nacional, como La Tigra, Banda de pueblo, Horno y muchas otras, ahora reposa en un cajón de la casa de su hijo menor, Juan José, de 65 años, quien con un tono que media entre la nostalgia y la emoción, relata las vivencias junto a su progenitor, del que el próximo 3 de septiembre se conmemorará  el centenario de su natalicio.

Pero estos recuerdos los califica como pantallazos que su mente de niño no alcanzó a retener, y muchos de los cuales perviven más por las conversaciones de su madre y de su abuela paterna que por testimonio propio, o porque cotejó sus evocaciones con las de sus hermanas Ana Tula, la mayor, y Olga Catalina, la intermedia. Aunque en rigor ellas también eran  menores. Los mayores fueron  Jaime, quien murió al mes de nacido, y Guillermo, que falleció al año seis meses. Juan José tenía cuatro años cuando el escritor murió el 27 de febrero de 1941, un miércoles de ceniza, a los 37.

El trayecto entre su domicilio (Rocafuerte y Juan Montalvo) y su oficina (Illingworth y Pichincha), De la Cuadra lo realizaba en taxi y otras veces a pie, porque le gustaba caminar. Lo hacía con pasos rápidos y cortos. Era propietario de un automotor que recibió como pago de un trabajo jurídico, pero se deshizo de él porque un día se le averió y no sabía nada de mecánica. Su primer impulso fue lanzarlo al río, comenta Juan José.

Su mundo eran los libros, el derecho, la política, los debates intelectuales, su familia y los amigos, tanto los de la ciudad como los del campo. Estimaba igual a  Demetrio Aguilera Malta, Joaquín Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert y Alfredo Pareja Diezcanseco, como al poeta chileno Pablo Neruda o a la comadre Margarita, que vivía en el campo,  a quien conoció cuando la representó en un juicio y luego ella le traía a todo campesino que necesitara de los servicios de un abogado. “Mi padre amaba a su pueblo y a su gente”, afirma Olga Catalina, de 68 años.

Es ella quien describe a De la Cuadra como un hombre trigueño y de pelo negro, de carácter fuerte, pero agradable y de palabra ágil y convincente, respetado por los hombres y admirado por las mujeres. Cuenta que un día su padre les presentó a otra hija  que tuvo fuera del matrimonio: Piedad de la Cuadra Avellán. Tenía la misma edad que Olga Catalina. Falleció el año pasado a los 67 años y fue madre de seis hijos (los Rendón de la Cuadra y los Paz de la Cuadra).

Pepe, como le decían algunos de los  amigos al escritor, vestía  de blanco y gracias a su trabajo jurídico vivía elegantemente, aunque no tenía casa propia, hecho que su esposa le reprochaba. Le decía que debía ser más previsor. “Yo a mis hijos los hago ricos en un año. Todavía soy joven”, solía responder. Pero la vida se le fue a los 37 años. 

Los días previos a su muerte coincidieron con el carnaval y De la Cuadra los pasó en casa, jugando con los niños, aunque también se tomó unos cuantos vasos de su whisky preferido, Johnny Walker, etiqueta negra. El miércoles de ceniza lo agobió un dolor de cabeza. Al levantarse de la hamaca, donde descansaba, casi se desploma. Su esposa alcanzó a sostenerlo.  Segundos antes se llevó las manos a la cabeza y exclamó: “¡Dios mío, mis hijos!”. Fueron las últimas palabras del escritor. Esa noche falleció.

Su gato, el que lo acompañaba siempre en la biblioteca, se instaló bajo el ataúd y desde ese día dejó de comer. Al poco tiempo murió. La viuda y los niños  se fueron a vivir al amparo de la abuela materna y luego se radicaron con ella en Cuenca. Se llevaron las pertenencias del escritor y la ubicaron en una bodega que durante un invierno se inundó. Esta situación  hizo que los libros y muchos otros objetos se destruyeran.

Ana Tula recuerda de su padre el interés que él tenía de que ella aprendiera piano. Olga Catalina evoca los instantes en que José de la Cuadra le enseñaba a declamar y la corregía cuando se equivocaba, así como los tangos y pasillos que solía escuchar.  Juan José aquilata  el día que su papá lo llevó a tomar helados y le dio un paseo por su oficina. Para ellos este hombre no era el gran escritor que otros admiraban, ni el abogado. Era solamente su padre. De su dimensión intelectual y de su valía literaria supieron después.


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