- ENE. 26, 2003 - Foto - El País - EL UNIVERSO
Hace unos 50 años, al pueblo se lo conocía como Chivive, por la cantidad de chivos, y era un rincón de pobreza. Hoy, es una vitrina artesanal adonde acuden cientos de visitantes nacionales y extranjeros.
El paisaje semidesértico, poblado solo por las figuras artísticas de los árboles de ceibo, desaparece de improviso y surge el oasis de un pueblo multicolor que lleva por nombre La Pila. Las casas de uno y dos pisos lucen acogedoras, con tonalidades verde, amarillo y lila. La vistosidad toma fuerza con el sol, que baña con sus rayos las decenas de puestos de artesanías, instalados a la ribera de la vía Manta - Guayaquil.
El impacto visual que uno percibe al llegar a La Pila, es la imagen de un pueblo joven. Son pocas las casas de caña y madera. Las viviendas, la iglesia, el parque central, tienen acabados frescos.
No obstante, el poblado existe desde la época preincásica, cuando la cultura Manteña se asentó en sus inmediaciones y cuyos vestigios aún se desentierran hasta estos días. Precisamente esas reliquias, que los campesinos, pastores de chivos y cultivadores de maíz, las hallaban en sus jornadas, sirvieron de inspiración para iniciar el cambio en su modo de vida.
Los Quijije, Bailón, Muñoz y otras familias comenzaron, hace dos décadas, a trabajar réplicas de las piezas arqueológicas, con barro extraído de las montañas cercanas. Hace diez años, la demanda aumentó. Entonces, diversificaron sus formas y aumentaron la producción.
Hoy, La Pila es una gran vitrina. Place detenerse, ver de cerca, tocar y comprar los objetos. Las campanitas tintinean suaves, al compás del viento y las miradas fijas de las figuras del sol pegadas en las paredes. Los estantes están copados con floreros, jarrones, alcancías y vistosos artículos que se disputan espacios con las réplicas de las culturas precolombinas. Es como si se retornara a un pasado colorido, que cautiva.
Los extranjeros que llegan a Manta en los cruceros, son los principales clientes, aunque en los últimos meses disminuyó la demanda y los compradores son turistas nacionales, afirma Patricia Pachay, propietaria de uno de los puestos de exhibición. Actualmente se hacen envíos de pequeñas cantidades a Italia, Francia y Estados Unidos.
Las artesanías son el pan de cada día para la mayoría de los tres mil habitantes de la zona. “Nos olvidamos de las casas de caña, ahora tenemos algo de dinero para satisfacer nuestras necesidades. Cambió nuestro nivel de vida”, dice René Bailón, presidente de la Asociación de ceramistas.
Mejora la técnica
La técnica se la depura cada vez. No se usa solo barro sino yeso, se aplican pinturas especiales para los acabados. Se elaboran santos y recuerdos para compromisos sociales.
Hace un mes, la Subsecretaría de microempresa y artesanías, del Ministerio de Industrias, Comercio, Integración y Pesca (Micip), culminó un curso de diseño básico artesanal para promocionar nuevas técnicas. Un centenar de jefes de familia se instruyó.
Bailón menciona que la capacitación es la base de un plan que busca llegar a mercados internacionales, para que los artesanos de La Pila exporten directamente sus productos. “Incluye la elaboración de nuevos modelos y la búsqueda de financiamiento para instalar hornos industriales, a gas”, menciona el directivo.
Los artesanos, con la ayuda del Micip y la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manta (Uleam), manejan un proyecto que tiene como meta convertir a La Pila en el centro de exposición artesanal de toda la provincia de Manabí.
El ceramista Leonardo Quijije menciona que esa aspiración tendrá éxito si existe el apoyo del actual Gobierno.