Cuando abramos nuestra boca para decir algo, primero consideremos las tres pruebas:
El discípulo de un filósofo sabio le dice: “Maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia, y...”. ¡Espera!, lo interrumpe el filósofo: “¿Ya hiciste pasar por las tres pruebas lo que vas a contarme?”.
“¿Las tres pruebas?”, le pregunta el alumno. “Sí, la primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?”. “No. Lo oí comentar a unos vecinos”.
“Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda prueba, que es la bondad. ¿Eso que vas a decirme es bueno para alguien?”, pregunta el sabio. “En realidad, no. Al contrario y...”.
Interrumpe el maestro: “¡Vaya! La última prueba es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?”. “La verdad, no”.
Entonces, dijo el sabio, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.
Si queremos que el Ecuador progrese, no demos este tipo de malos ejemplos a nuestros hijos, compañeros de trabajo, amigos.
Álvaro Arosemena
Guayaquil