Sábado 11 de enero del 2003 Lo Máximo

La cultura hip hop

Especial para EL UNIVERSO | Moisés Pinchevsky

Cantando duro

moiPido que me enseñen a perrear, y Santiago Campodónico (27), miembro del grupo RTV y anfitrión de la reunión, instala un pequeño CD player en la sala de su casa, ubicada en el sur de la ciudad.

“Ponte una buena”, dice Luis Flores (26), del grupo Budas Clan, quien al igual que los otros diez que nos bebimos los dos litros de cola rosada esa tarde, observa a Santiago mientras pone un disco en la compactera.

En eso Jimmy Flores (22), del grupo Coraje Urbano, atrae mi atención: “perrear es cantar reggae, pero más lento; el reggae rápido, por el contrario, se llama reguetón”.

La lección no pudo ser más oportuna, porque de inmediato suena el perreo, luego una de reggae, otra de reguetón, amén del rap y así más rondas con la misma receta.

Debido a que los temas fueron escritos, producidos e interpretados por ellos mismos, una a una reconozco las voces que salen de los parlantes. Son las mismas que ahora conversan sobre el CD denominado El Pacificador, que grabaron en conjunto el año anterior para la Fundación Ser Paz.

“Ese disco es un llamado a la no violencia, con mensajes positivos en contra de la guerra, la mentira, la corrupción”, dice Raúl Núñez (27), de Fuerzas Especiales.
Él, al igual que los demás músicos, trabajaron en el disco para colaborar con una causa noble: ayudar a jóvenes en grupos de riesgo.

“Nosotros somos músicos que denunciamos que la sociedad necesita paz, pero todavía hay gente prejuiciosa que relaciona nuestro estilo underground con lo violento. Los cantantes de hip hop no somos chicos problema; somos gente que estudiamos, trabajamos y tenemos familia”, aclara Xavier de León, del mismo grupo.

Y así lucen en esta tarde, como un grupo de amigos intercambiando palabras, música, bromas, simpatía y sueños.

Sí, sueños, porque todos anhelan cada vez mayor reconocimiento artístico, difundir más su música y, en un futuro cercano, tener su propio estudio.

Para eso trabajan desde hace años, logrando que la cultura hip hop y su ritmo, el rap, sean más populares. Aunque, por ahora, afirman que el reggae es más comercial.

“La música también es un negocio, así que no podemos quedarnos parados solo haciendo rap”, afirma Júcer (Julio César) Lozada (20), de Budas Clan, quien sostiene que a pesar de que el mercado los empuja a intentar otros ritmos, nunca dejarán el hip hop, porque es su idioma.

Santiago confía en que dentro de unos años el hip hop y sus elementos (los MC o maestros de ceremonia, los DJ o maestros de las pistas y sonidos, los grafitos o los bailarines) alcanzarán un mayor espacio en la preferencia del público.

Y sus palabras no apelan a la frase patriotera de que “la gente debe apoyar al talento nacional”, sino que esperan la respuesta natural a un desarrollo musical que ellos empujan con fuerza.

Y prueba de esa calidad es, por ejemplo, el concurso que RTV ganó hace unos años en la desaparecida discoteca Latin Palace, imponiéndose a grupos internacionales.

“Competimos contra los que sacaron esa canción del Gato volador; ellos lograron el segundo puesto”, se enorgullece Santiago.

Jimmy Andrade concuerda en que ese despegue del hip hop ya está comenzando, y que el trabajo de hoy se puede considerar una siembra para el mañana.

Pero la siembra sigue siendo dura, aunque no tanto como en sus inicios, hace una década, cuando nadie los conocía y la promoción de su material era difícil.

Hoy la situación es diferente y cada vez más gente los reconoce.

Comienzo a interrogarlos sobre sus planes futuros, cuando en eso el CD termina su show. Santiago se dispone a poner otro de los discos esparcidos sobre la mesa, pero la compactera no quiere abrir.

En ese silencio trato de reflexionar sobre estos chicos que se juegan una apuesta sincera por su música, su estilo y su voz, sin importarles los obstáculos que han encontrado.

Santiago se cansa de luchar con el aparato y desiste.

Jimmy Andrade también trata de cambiar el disco, pero no puede.

Ya resignados a seguir el diálogo sin música pegajosa, Washington Rodríguez, con sus 17 años el más joven de los presentes, se las ingenia para abrir el compartimento... y poner un nuevo CD.

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