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Martes 31 de diciembre del 2002 El personaje

El italiano que transformó Salinas

Antonio Polo

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Antonio Polo, sacerdote jesuita de 62 años, cambió la vida cambió la vida de los pobladores de Salinas desde su llegada en 1970.

Basta con que entreabra las cortinas de su departamento, situado en la parte alta de la casa parroquial, para que Antonio Polo, un sacerdote jesuita de 62 años, descubra del otro lado a Salinas, discreta y tranquila población que se vislumbra en medio de la bruma de un día frío.

Con unas pocas calles adoquinadas y otras tantas lastradas, casitas de ladrillo sin revocar, un parque central con iglesia al costado, el pueblo que hace 30 años enamoró a este italiano se parece a otros tantos ubicados en la cordillera de los Andes.

Sentado a la mesa del comedor —que también utiliza de escritorio— Antonio Polo aspira profundamente el aroma del café filtrado que inunda el departamento y que uno de sus asistentes se encarga de servir. Echa dos cucharadas de azúcar en la taza antes de llevarse a los labios el primer sorbo. Solo en ese instante decide desempolvar sus recuerdos.

“La gente de Salinas se mostraba muy humilde y sumisa. Yo no entendía por qué. Tú llegabas y te recibían con un beso en la mano”. También menciona aquella realidad que le sobresaltó: “Uno preguntaba cuántos hijos tienes y respondían 14, seis vivos y ocho muertos. Yo me decía ¿cómo es posible? En mi país las personas se mueren de viejas, a mi edad por lo menos, aunque yo todavía doy guerra y no tengo ganas de morir”.

Pero aquella imagen de la memoria contrasta con la actual Salinas, la que Antonio Polo ve del otro lado del cristal empañado de su ventana, ocupada en hacer quesos y chocolates, en cultivar hongos y caracoles, en hilar o tejer bufandas.

Todo gracias a una industria de tipo artesanal que solo el último año generó más de un millón de dólares y dio trabajo a 394 familias.

Una Salinas con la que un orgulloso padre Polo —así lo identifican sus feligreses— cree tocar la Luna con la punta de sus dedos cada vez que observa el ingreso al pueblo de dos o tres contenedores que llegan luego de recorrer 35 kilómetros por un camino de cabras, para cargar toneladas de productos de la marca El Salinerito, de propiedad de la comunidad, para ser distribuidos dentro y fuera del país.

Nadie niega que este pueblo tiene un antes y un después, y que de alguna manera comienza y termina con Antonio Polo, este veneciano de barba poblada, amplia frente que va ganando espacio a una cabellera lacia, quien una mañana de 1970 arribó desde Simiátug, donde era párroco, para dar una misa. Y se quedó.

Polo recuerda vagamente aquel primer día en Salinas. “Tal vez llovía y había mucha brisa. Yo imaginé que era imposible que alguien sea infeliz viviendo en medio de un paisaje tan bello”.

De pie en lo alto de una meseta, a más de 250 metros, lo que Polo miraba era un conjunto de 30 chocitas con techos de paja de cuyo interior escapaban largas columnas de humo hacia el cielo despejado.

Polo bebe un nuevo trago de café y observa de reojo hacia el otro lado de la ventana, hacia el parque, donde un par de niños corren tras un balón. “Hoy son alegres, los veo hasta más robustos. Yo creo que antes eran tristes. Había muchos niños enfermos, escasez de bienes, padres de familias que se quejaban de no tener trabajo. No llegaba la energía eléctrica, tampoco había agua potable ni servicios de salud”.

Esa fue la Salinas con la que se encontró cuando comenzó a caminar por sus calles en su primera visita al pueblo.

“El hombre había puesto ya el pie en la Luna, pero aquí las personas seguían viviendo en una especie de feudalismo porque una familia era dueña del único sistema de trabajo: las minas de sal”, dice Polo.

A esas minas, a 250 metros del pueblo, Salinas le debe su nombre. Su explotación se inició en tiempos de la Colonia.

Cuando Polo llegó, la sal marina que se distribuía desde Guayaquil —obtenida en Mar Bravo y San Pedro, en Santa Elena— se vendía a menor precio y en mayor cantidad en todo el país, pero “estas personas seguían viviendo de una labor que generaba ganancias mínimas y jornales precarios. No tenían otras opciones. Los cultivos alcanzaban apenas para el consumo doméstico. El ganado tampoco ofrecía ingresos”.

¿Cómo cambiar ese panorama? Polo reconoce que cuando monseñor Cándido Rada, arzobispo de Bolívar, le habló de trasladarse de Simiátug a Salinas, le recomendó fundar una cooperativa de ahorro y crédito que le permitiera recaudar dinero para comprar las minas.

Pero había necesidad de enfrentarse a la idiosincrasia de la gente. “Esperaban que el Estado les diera trabajo, que les mejorara el nivel de vida. Y nosotros no veníamos a regalarles nada, queríamos hacer algo, pero con ellos”.

Lo primero fue ganarse el aprecio de la gente. “Ya me respetaban solo por el hecho de ser ’curita’, pero me dediqué a compartir su vida, sus tristezas, sus velorios”.

El sacerdote vuelve a mirar a través de su ventana e intenta aspirar ese olorcito a café que dos horas después de haber iniciado este ejercicio con sus recuerdos, aún se percibe en el aire: “Estamos tan cerca de Dios pero demasiado lejos del Estado”, dice con cierto tono de picardía al hacer referencia a que Salinas está a 3.560 metros de altura.

Ahora el pueblo ya no es el mismo. Basta recorrerlo para comprobarlo. A cincuenta metros de donde el padre Polo bebe su tercera tacita de café, doña Flor Quimaló, de 50 años, envuelve hilo junto con otras 20 personas, mientras una máquina de nueve metros de largo hila la lana que otras personas traen cada día hasta esta empresa, que es una más de las de la comunidad.

Flor, madre de seis hijos, tiene su propia forma de constatar que nada es igual que antes. “Para mejor ha de ser, señor”, dice, y lo explica de esta forma: “De mis seis hijos, a cuatro los tengo estudiando en Ambato con lo que gano acá. Mis otros hijos ya son mayores, pero ellos no son estudiados, es que con tres mil sucres que ganaba a la semana, ni para comer teníamos a veces”.

A dos cuadras de ahí, Carmita Espinoza, de 30 años, etiqueta unas pastas blancas, duras y gruesas, en forma de disco. Es el queso El Salinerito, del tipo Dambo picante, una de las 12 variedades que se fabrican.

Los hilos y los quesos forman parte de un engranaje comunitario, donde hay desde una incipiente procesadora de aceites esenciales hasta una fábrica de chocolates, pasando por una envasadora de hongos, cultivadoras de caracoles y confiterías.

Todo comenzó en 1972, con 15 familias. ”Un día les dijimos a estas personas que los curitas no habíamos llegado con dinero, que si querían algo tenían que sacar de sus bolsillos para financiarlo. Y lo hicieron. Con ese dinero se formó la cooperativa”.

Dos años después, el padre Polo se dio cuenta que había necesidad de dar alternativas de trabajo alejadas de las minas de sal; así surgió el Centro Artesanal Texal, una microempresa que hoy se conoce como Tejidos Salinas, con una producción de 335 mil dólares al año y que da trabajo a 231 familias.

Hasta el 16 de julio de 1978, cuando se iniciaron las labores en la fábrica de quesos, se gestaron otros proyectos: una panadería y una criadora de cerdos. Pero El Salinerito fue la marca que consolidó el proyecto comunitario, sustentado en un sistema de pequeñas fábricas distribuidas en diferentes casas del pueblo, donde funcionan 26 queseras; cien más están diseminadas en diferentes sitios de la provincia.

“Nadie debe migrar a Salinas para conseguir trabajo, si donde vive tiene en qué ocuparse”, explica Polo. Pero nadie es rico en Salinas, aunque cada uno de sus pobladores es socio de todo el complejo industrial de la provincia.

“Nadie, tampoco, se siente pobre. Cada quien gana su sueldo trabajando. Ese es el mayor logro en este gran proyecto: asegurar un puesto de trabajo, con un sueldo que dé a todos una vida digna”, dice el padre Antonio Polo, para quien el secreto está “en creer en Dios y tener confianza en que ninguno de nosotros se está enriqueciendo mientras otros empobrecen”.

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