“Antes de ser incinerado hizo un paseo triunfal a lo largo del Boulevar (Nueve de Octubre), ante el entusiasmo de las cien mil personas que coparon nuestra principal avenida” (EL UNIVERSO, página 5 de la edición del 1 de enero de 1963).
El texto se refiere al monigote con el que José y su padre Raúl Cruz ganaron el primer concurso de años viejos que este Diario organizó por más de tres décadas.
La imagen era la del ex presidente José María Velasco Ibarra. Según los miembros del jurado “estaba muy bien caracterizado”, su estructura contaba con un mecanismo que permitía el movimiento de brazos, cuellos y boca.
“Daba la impresión de que estuviera dirigiendo un fogoso discurso (...) Con su dedo índice que no dejaba de acusar”, dice el texto publicado un día después de la premiación.
Cuarenta años después, solo José vive, tiene 63 años y 17 hijos que siguen vinculados a este arte de moldear figuras en papel reciclado.
Pero esa no fue la única vez que participó. Con su padre lo hizo cuatro años más, hasta que falleció, mientras que él lo siguió haciendo cada año hasta que el Diario dejó de organizar el certamen.
Tampoco fue ese un triunfo aislado, pues luego obtuvo primeros premios por cuatro oportunidades más.
Sin embargo, ese primer éxito fue significativo, dice José. “No era solo por la plata que nos dieron: 10 billetes de 100 sucres. Ese día se le reconoció a mi padre un arte que era mal pagado. Fabricaba caretas para un almacén”.
Raúl, el iniciador de la fabricación de monigotes elaborados con papel, falleció a los 67 años, pero dejó una tradición que se extendió a varias generaciones y familias.
José, quien en estos días camina apoyado en un bastón, pues hace un año sufrió una trombosis (proceso de formación de un trombo en el interior de un vaso sanguíneo cerebral), mantiene vigente el legado de su padre.
En su casa de la Q y la 42, en Cisne 1, uno de sus hijos elaboraba el pasado jueves las imágenes de moda: cinco monigotes del Hombre Araña y otros tantos Lucio Gutiérrez.
Él solo observaba. “Creo que lo está haciendo bien”, dice José, quien el año pasado intentó viajar a Estados Unidos, con el fin de radicarse, pero sus dolencias lo impidieron.
“Allá tengo un hijo, él también hace años viejos para los ecuatorianos residentes en Nueva York. El negocio se mantiene”.
Los miembros del clan Cruz abren fábricas entre octubre a diciembre en diferentes barrios de la ciudad.