Domingo 15 de diciembre del 2002 ¿Se acuerda de...?

La niña que fue expulsada por recitarle a la pobreza

Alisva Rodríguez, declamadora y actriz

Las centrales sindicales fueron sus primeros escenarios y los trabajadores, los obreros de fábricas o agroindustrias de los años cuarenta, las primeras audiencias que escucharon sus recitaciones.

No eran versos románticos ni historias de niños los que ella declamaba con su voz firme, pausada y bien timbrada, sino composiciones de denuncia social.  Eran quejas y críticas a las injusticias, a las diferencias, al soslayo que experimentaban las clases marginadas.

Por esas lecturas la había encaminado su padre, Rafael Rodríguez Burham, un obrero.  Ella las seguía porque las sentía.

Alisva Rodríguez era una niñita a la que querían escuchar por todas partes.

En una ocasión fue invitada a San Carlos para que recitara al pueblo del ingenio azucarero que está cerca a Milagro.  Era época de Navidad y recitó varios poemas.  Uno tenía un verso que decía: “harapientos pasan por todos lados, por mi casa los niños pobres pasan”.

Al día siguiente, al abrir la puerta de la casa en la que se hospedaba, descubrió a un policía que la esperaba para ordenarle salir de aquel lugar.  Ocho años tenía esta Alisva qué soportó en su infancia la intolerancia  y la persecución de un gobierno en el que no se permitían los versos sobre la pobreza de los niños pobres.

A los 11 años dio su primer recital y luego vinieron presentaciones por varias ciudades.  Dejó las giras al extranjero dieciocho años, cuando se casó con Bernardo Morales, un periodista con quien tuvo dos hijos y estuvo casada durante 34 años.

Se hizo modelo y luego actriz y consiguió un trabajo en canal 4 para trabajar en el programa El Gran Teatro.  Hacía teatro clásico, interpretando papeles de obras clásicas, junto a actores como Vicente Espinal, Rosario Ochoa o Antonio Santos.

Fue portada de revistas y su rostro bonito, de grandes ojos verdes, y espigada figura dieron vida a personajes de al menos 60 mini telenovelas.

Hizo cine radial y ganó dos premios Huancavilca, además, representó el papel de Manuela Sáenz en una película sobre la vida de Bolívar, en 1971.

Pero ella, desde mucho antes, tenía otro amor.  A los 10 años se topó con una obra de Freud y se interesó en la psicología.

A los 28 años ingresó a la escuela de Sicología para encontrarse con aquella ciencia que la apasionaba y que encontraba –y sigue hallando– entrañablemente unida al drama en las tablas.

Siempre rebelde y luchadora, antes de graduarse, junto a sus compañeros se tomaron las aulas en las que estudiaban para exigir la creación de la facultad de Sicología. Lo lograron y también el título de sicólogos clínicos.

Ella sumó esta credencial a la de orientadora y profesora que ya había conseguido.

Desde hace 18 años trabaja como psicóloga clínica en el colegio Aguirre Abad, y de vez en cuando se ha presentado en eventos culturales, participando como la declamadora de los versos de denuncia social, como los que pronunció a los 8 años, allá en San Carlos.

Se siente feliz de trabajar con los adolescentes, pero también preocupada porque en esa tarea constata la dimensión del fenómeno migratorio. Chicos que se crían solos, con amigos o con familias, que pagan el precio de una crisis económica que se ha vuelto social.

A pesar de sus denuncias, de su puño levantado en alto para recitar un verso, Rodríguez es una mujer suave, que conserva la delicadeza de una amante del teatro clásico.

Casi no tiene fotografías de su juventud, “tal vez porque no le daba mucha importancia” a su imagen, sino a la expresión y al mensaje.

“Yo denuncio constantemente aquel teatro que se ríe del carterista, del estruchante, del que roba la cámara fotográfica.  Es una total distorsión de los valores.  Si nos reímos de eso, entonces ¿no nos importa el dolor?” (T.S.)

¿Se acuerda de...?

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