En la capital ecuatoriana, el arte y su entorno están estrechamente unidos a su vida e historia.
Fue como un exorcismo. El diablo no podrá volver a la Plaza de San Francisco a tentar a Cantuña para que le entregue su alma a cambio de la construcción de la iglesia quiteña.
Desde hace varias lunas, la plaza permanece muy iluminada en la noche y en el día.
Así, el diablo no puede acercarse a nuevos incautos y tiene que conformarse con vivir en la leyenda, igual que en los últimos cinco siglos.
Rehabilitación
La nueva imagen de San Francisco es parte de un proyecto de rehabilitación integral del centro histórico capitalino.
La recuperación del entorno incluyó la pintura de las fachadas de doce casas aledañas, en colores cálidos –ocres combinados con azules y blancos– que resaltan bajo las intensas luces nocturnas. La inversión fue de 80 mil dólares, según el Fondo de Salvamento.
La cotidianidad
El día sorprende a San Francisco bajo un sofocante sol de diciembre. “Es el veranillo de El Niño”, comenta doña Ruth García, de 58 años, quien espera vender, por lo menos, una docena de frescos (bebida a base de toda clase de frutas que expende en un balde) en la soleada mañana, para “reunir alguito para comprar aunque sea un par de medias para mis dos nietas en Navidad”.
Muy cerca, desde una tarima improvisada en la parte posterior de un camión, seis hombres equipados con amplificadores, guitarras, teclados y hasta una pequeña batería empiezan a interpretar Lindo Quito de mi vida, después de que el vocalista agradece tres veces a la firma de licores que auspicia su show.
El más grande
Las notas del Lindo Quito de mi vida llegan tenues hasta el Museo del Convento de San Francisco, inaugurado en abril pasado con el nombre de Museo de Arte Religioso Fray Pedro Gocial.
Es el museo religioso más grande de Latinoamérica, pues en diez mil metros cuadrados reúne 1.500 piezas pacientemente restauradas.
La construcción y las obras de arte fueron intervenidas desde 1983.
El Museo de Arte Religioso Fray Pedro Gocial está dividido en cinco grandes secciones: origen de la comunidad franciscana en Quito, inicio del arte quiteño, arte barroco, exaltación del arte barroco y esplendor de la escuela quiteña en el siglo XVIII.
Arte e historia
Doña Ruth toma el balde con el fresco y decide dirigirse a las proximidades del Palacio de Carondelet. “Aquí hay mejor venta, porque inauguraron otro museo”, dice.
Se refiere al Alberto Mena Caamaño, en cuyas salas se expone la muestra permanente De Quito al Ecuador, que exhibe 19 figuras de cera que representan personajes fundamentales en la historia del país a través de seis ambientaciones de época.
El museo forma parte de un complejo arquitectónico de tres mil metros cuadrados: el Centro Cultural Metropolitano, y recrea cien años en la vida de Ecuador entre 1735 y 1830.
Las imágenes de cera las elaboraron talleristas ecuatorianos.
La muestra tiene como protagonista al centenario edificio, donde ocurrieron muchos de los hechos que se escenifican, como las reuniones de los científicos que integraron la Misión Geodésica Francesa; la vida en la ciudad ilustrada, donde existían tres universidades y no solo una, como era costumbre.
También se recrea la expulsión de los jesuitas; las reuniones de Eugenio Espejo con los patriotas que proclamaron el Primer Grito de Independencia, en 1809.
Y, por supuesto, el asesinato de los próceres en las celdas de ese mismo edificio donde entonces funcionaba el Cuartel Real de Lima.
La escena reproduce una imagen del pintor César Villacrés y muestra a las suplicantes hijas del prócer Quiroga, que piden en vano a los realistas salvar la vida a su padre.
Pero el mensaje final no es de derrota. Al salir del túnel oscuro, donde se encuentra el calabozo, una voz repite una frase de Eugenio Espejo: “Un día la patria renacerá”.