Que nadie se achole. A cualquiera le pueden pasar situaciones embarazosas que en el momento pueden parecer insalvables, horrorosas, de echarse a llorar, pero que después solo quedan como buenos motivos para reírse entre amigos. Aquí les contamos algunas de ellas.
Patinadora “experta”
María Sol Pedrazzoli (21)
“Me pegué suelazo tras suelazo tras suelazo (...) No podía permanecer en pie”.
“El amor nos hace cometer tonterías. Un día me fui a patinar a Zona Fría con un chico que me gustaba. Él me preguntó si sabía patinar sobre hielo y yo le dije, sin pizca de humildad, que era una experta.
La verdad es que era la primera vez que lo hacía, pero eso no me preocupó al considerarme hábil en los roller skates.
Me puse los patines y fui la primera en saltar a la pista para demostrarle a mi amigo lo buena patinadora que era.
Pero de una me pegué suelazo tras suelazo tras suelazo, porque sencillamente no podía permanecer en pie.
Me era imposible controlar los patines y estaba sorprendida de ver a otras personas deslizándose alegremente, ¡incluso niños pequeños!
En eso llega este chico para decirme con una sonrisa burlona que me luciría más si removiera los protectores de plástico que cubrían las cuchillas de los patines. ¡Trágame hielo!”
El taxista conversón
Eduardo Escala (22)
“El conductor me siguió hablando con un parlamento meloso”.
Con esto aprendí amargamente que no podemos fiarnos de las apariencias. Un día con unos amigos tomé un taxi, y me senté junto al conductor. Al poco tiempo el taxista empezó a hablarme sobre diversos temas que no entendía bien, pero que me obligaron a contestarle solo por educación.
Pasaron así cinco minutos hasta que me preguntó si me recogía más tarde, a lo cual yo le respondí que no era necesario, y que gracias. Luego me inquirió que en dónde nos reuniríamos y yo le insistí que en ninguna parte ya con un tono más serio. Él me dijo que no me enoje por lo ocurrido y que de todas maneras me iba a esperar a la salida a eso de las 21h00. Yo estaba superconfundido y mis amigos se mataban de risa. El taxista me siguió hablando con un parlamento meloso que terminó con un ‘bueno, mi amor, nos vemos más tarde’. ¿Qué pasaba? ¡El conductor estaba hablando por el hands free (manos libres) de su celular!”.
Moda colegial
Gabriela Ibáñez (22)
“Cuando me levanté sentí un tirón (...) Un clavo se enganchó con mi falda”.
“Antes de que esto me pase simplemente no me gustaba hablar en público. Hoy lo detesto con todas las fuerzas de mi corazón.
“Mi ex colegio es femenino y me tocaba dar solita una exposición. Consideraba que estaba bien preparada, pero de todas maneras siempre me pongo algo nerviosa antes de una charla. Cuando me levanté de la banca sentí un tirón debido a que un clavo se enganchó con mi falda, según yo, sin consecuencias. Todo iba bien hasta que noté que mis compañeras me veían de forma rara, pero no les presté atención. Lo cumbre fue cuando una de mis amigas gritó “¡Gabi!”, señalándome la falda, que estaba rota verticalmente desde la cintura.
“Recién en ese momento el profesor se dio cuenta de lo que pasaba, por lo que sonrió con algo de vergüenza al notar que mis chones eran parte de esta algo exhibicionista exposición”.
Quejas nada más
Mauricio Vergara (28)
“Ay hermano, la vida es dura’, le decía a un amigo mirándolo. Él es ciego”.
“Estábamos en la semana de exámenes de la universidad y yo me sentía bastante estresado.
“Trabajar y estudiar es demasiado duro para cualquiera”, le decía a un amigo y compañero de clases.
“Creo que en ese momento quise descargar mi frustración porque pasaba por esos momentos en que uno quiere tirar la toalla. Mi pana es muy buena gente y asentía con la cabeza a lo que yo le decía. “Esta noche tengo que leer como cincuenta páginas para el examen de mañana y además hay full trabajo en la oficina”, le decía a Juan, que también estudia y trabaja. Para terminar mi lloriqueo lo miro para decirle: ‘Ay hermano, la vida es dura’, a lo que él me responde con una sonrisa: ‘dímelo a mí’. Juan es ciego”.
Mensajitos conflictivos
Elena Rivadeneyra (18)
“Decidí explicarle toda la situación y revelarme como su admiradora”.
“Este bochorno me quitó todas las ganas de estar hecha la conquistadora. Había un chico que me gustaba mucho y tras averiguar su número de teléfono celular, comencé a enviarle mensajitos anónimos diciéndole lo mucho que me agradaba y que quería conocerlo.
“Yo estaba feliz, pero me daba supervergüenza de que él supiera que yo era su admiradora. Todo iba bien hasta que supe que este chico creía que la persona que lo asediaba era un homosexual que, según se sabía, enviaba mensajes anónimos a los chicos que le gustaban.
“Pero cuando me arrepentí de mi iniciativa fue al enterarme de que mi pretendido estaba buscando a este chico gay para pegarle por atrevido. Fue entonces cuando decidí revelarme como su admiradora, lo cual hice mientras se me caía la cara de vergüenza”.
Un almuerzo superliberal
Alexandra Sánchez (25)
“Entonces yo abrí mi bocota para explicar que mis anticonceptivos no son abortivos”.
“Unos amigos y yo la pasamos genial en las recientes fiestas de carnaval en Ambato, menos por un episodio que nunca olvidaré. Estábamos almorzando en un restaurante mientras platicábamos sobre diversos temas, entre ellos que la Iglesia Católica prohíbe el uso de anticonceptivos porque son una forma de aborto.
“Entonces yo abrí mi bocota para explicar que mis anticonceptivos no son abortivos. Noté que un silencio sepulcral cundió para dejarme hablar.
“Al terminar les recordé que conozco bien el tema porque soy visitadora a médicos, y que al decir mis anticonceptivos me refiero a los que comercializo.
“Para mi sorpresa noté que varios de mis amigos soltaron los cubiertos en señal de distensión. ‘Yo sabía que tú no eras tan mente abierta como para hablar de tu vida sexual frente a tanto público’, dijo uno de ellos mientras los demás se reían a carcajadas”.