miércoles 13 de noviembre del 2002 Columnistas

Siglo de saneamiento básico


En noviembre de 1785, Eugenio Espejo sostiene que las pestes se deben, en parte, al desastroso estado sanitario de la ciudad. Dice: “El aire es demasiado fétido y lleno de cuerpos extraños y podridos y los motivos son: primero: los puercos que vagan por las calles y que de noche van a dormir en las tiendas de sus amos. Segundo: estos mismos que hacen sus comunes necesidades en plazuelas y calles.
Tercero: los dueños de casa que permiten que sus criados arrojen las inmundicias al primer paso de la casa, donde fermenta. Cuarto: la poquísima agua que corre por las calles”. En las principales calles de Quito había una acequia adonde arrojaban las inmundicias.

Durante el siglo XIX poco variaron las condiciones sanitarias de Quito y Guayaquil y las pestes de viruela, sarampión y otras, como fiebre amarilla, en Guayaquil, siguieron haciendo su agosto.

Con el triunfo de la Revolución Liberal  comenzó también la revolución sanitaria. En 1906, Alfaro declaró “obra nacional” la canalización de Guayaquil y asignó fondos para esta importante obra que retomó otro presidente, el médico Isidro Ayora, quien proclamó como labor fundamental del gobierno el saneamiento del principal puerto del Ecuador.

Bajo esta misma corriente de política sanitaria el Cabildo de Quito inició algunos trabajos desde 1902 y en 1906 creó la sección de Agua Potable y Alcantarillado, dotándole de recursos apropiados.

El Dr. Manuel Jijón fue nombrado director y desempeñó sus funciones con gran dedicación y entusiasmo. Las primeras redes sanitarias se debieron a su esfuerzo.

Por la complicada topografía de la ciudad, cruzada de Oeste a Este por varias quebradas, no fue fácil construir los sistemas de agua potable y alcantarillado. Hubo además discontinuidad de los trabajos, en las siguientes administraciones.

Mientras tanto, en los 50 o más años transcurridos hasta hoy, la ciudad ha duplicado su población y su extensión geográfica. El Dr. Carlos Andrade Marín, como médico conocedor de los problemas de higiene y sanidad de la ciudad y como Alcalde de la misma, dio todo el impulso necesario para que el saneamiento básico y la dotación de agua potable alcancen la mayor cobertura. Como declaró en su discurso de terminación de sus funciones, dijo que su gran obra “quedaba enterrada”. Muchos de los quiteños ni siquiera se habían percatado de ella.

Hoy, después de varias décadas, y cuando la ciudad tiene más de 30 km de Norte a Sur y cuando su población fija  pasa de un millón, el Cabildo Metropolitano ha tomado la alternativa, para bien, para comodidad y salud de los habitantes de Quito y de los pueblos aledaños. En su reciente informe (Gestión 2000-2002) el Alcalde informa que se han construido ya 570 km de red de alcantarillado; 630 km de red de agua potable con 18.484 conexiones que benefician a más de 200.000 habitantes de los barrios urbano-marginales. Las obras continúan.

He aquí las tres fases principales del desarrollo sanitario de la capital,  la de los primeros años del siglo XX, los de mitad de siglo y las nuevas del XXI.

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