lunes 28 de octubre del 2002 Columnistas

¿Y la autonomía, qué?


El centralismo sigue siendo un problema prioritario para el país. Los préstamos y becas otorgadas por el IESS lo confirman. La autonomía fue el tema más importante en la agenda política del Ecuador, vislumbrándose como la solución más efectiva y práctica.

Tan prioritario, que fue la primera vez en la historia que se llamó a consulta popular provincial, propiciada por la sociedad civil. Tanto coincidieron los ciudadanos con lo afirmado, que en las provincias consultadas el Sí ganó con un margen jamás visto, marcando el segundo hito histórico.

Dos presidentes consecutivos designaron comités de altísimo nivel –según ellos– para dilucidar el tema, el Conam creó un departamento para impulsarlo, se escribieron proyectos de ley orgánica, de reforma constitucional, se redactaron miles de páginas en los diarios más importantes del país y miles de horas de radio y televisión se dedicaron a su debate. Contabilizando el costo incurrido solamente entre 1998 y el 2001 en gasto gubernamental, estudios, sueldos, horas de aire en los medios; me atrevería a decir que el monto que el país invirtió en el debate no fue menor a US$ 50’000.000. Si se hubieran hecho consultas en las otras provincias, según encuesta realizada por el Conam –en la época en que las encuestadoras se equivocaban menos– el Sí hubiera ganado ampliamente en el país.

Con todos estos antecedentes, ¿cómo es posible que ningún candidato se pronunciara sobre la autonomía? ¿Cómo es posible que quienes la impulsaron no hayan enarbolado esta bandera en las recientes elecciones? Uno de los candidatos, un año hace, me dijo que la idea no le disgustaba. Otros cuatro en reuniones informales me dijeron estar muy a favor de la autonomía, pero jamás pudimos saber de sus posturas públicas respecto a este tema. ¿No es esto contrario a toda lógica?

Con la autonomía parecería que ocurre lo mismo que con muchas otras reformas políticas estructurales del país. Hay el consenso general de que son positivas y necesarias, pero romperían de tal forma el stablishment, es decir el equilibrio de poder, mermando el de los partidos y grupos políticos en favor de la sociedad civil, que solamente ante la posibilidad de estar cerca de lograr ganar una elección las prioridades parecerían cambiar. Si no, preguntémonos: ¿si se hubieran realizado ya dos reformas importantes como el voto voluntario y la votación por distritos, si los resultados en la elección presidencial y en la conformación del Congreso fueran los mismos? Seguramente no. Un importante porcentaje del Congreso habría sido captado por caras totalmente nuevas y quizá tendríamos otros finalistas. ¿Cuál es la forma entonces para poder llevar a cabo estos cambios si estamos seguros que no será a través del stablishment político? Definitivamente, cuando la sociedad civil se organice, lo impulse y lo exija. Basta ver la contribución realizada por Participación Ciudadana y otras organizaciones al proceso electoral actual, quizá uno de los más limpios. Pero para ello hay que elevar el nivel educativo de nuestro pueblo. Yo voy a votar por quien presente un mejor programa en educación, si es que alguien lo presenta.

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