857 personas emigraron de esta región hacia EE.UU. y España, según el último censo.
Llegar a Guachapala es como entrar a un pueblo de fantasma típico en las películas de cine.
Sus calles lucen solitarias, las casas están en su mayoría cerradas y los pocos negocios que hay son pequeñas tiendas de abastos.
Frente al parque principal está la iglesia y muy próximo a ella, el destacamento policial. Allí no perturba el ruido de los carros, ni el de los equipos de sonido con música a alto volumen.
La soledad es la compañía de muchos en ese lugar, donde los televisores solo captan una señal y la radio, al igual que los periódicos, no llega.
Desde hace mucho la emigración afectó a este cantón azuayo, ubicado a 38 kilómetros al este de Cuenca.
Menos habitantes
En Guachapala habitan actualmente 3.143 personas, según datos del último censo poblacional. Pero según el párroco, Salvador Rodríguez, hace una década la cifra de residentes superaba los 4 mil.
La mayoría de los guachapaleños viajó hacia Estados Unidos y España en busca de mejores días, dijo el clérigo.
En este cantón, cuya población vive de la agricultura y la ganadería, solo hay una escuela presencial con 150 alumnos y otra que funciona a distancia con 70 estudiantes. “Con este nuevo sistema de estudios esperamos frenar un poco la emigración”, indicó el sacerdote.
Dificultad
El problema de los guachapaleños es económico y consiste en la competencia dispareja de los precios de sus productos frente a los que ingresan de Perú y Colombia, lo que les resta posibilidades de venta. “Esta situación los aboca a dejar el país en busca de dinero”, expresó Rodríguez.
Los pobladores de Guachapala viven del cultivo de los tomates de árbol y de mesa, cuyos precios son mucho más elevados que los costos de los tomates de Perú y Colombia. “Lo mismo ocurre con la venta de reses; los distribuidores pagan solamente 80 dólares por una vaca, mientras que los guachapaleños deben comprar la libra de carne a 1,40 dólares”, agregó.